Opinión | ESTE HUMANO DESORDEN
Somos polvo de hadas
Somos suaves y blandos y estamos llenos de agua.
Y a pesar de nuestra vulnerabilidad caminamos erguidos por el sial de la Tierra como si no tuviésemos conciencia de lo fácil que es rompernos. Llevamos dentro mares pequeños, tímidos ríos de sangre, lluvias muy finas que aún no han terminado de caer sobre el pecho. Somos cajitas frágiles que respiran, estampas transparentes donde la vida deja marcas: una desgracia, un susto, una caricia, una arruga en la frente o debajo de los ojos. Nos atraviesan las emociones como corrientes cálidas submarinas y basta una grieta muy pequeña para que todo lo que hay dentro se derrame sobre el suelo. Quizá por eso, cuando nos amamos, nos tocamos con cuidado, quizás por eso hablamos a veces en susurros y quizás por eso dormimos abrazados a algo o a alguien.
Sabemos por lo tanto que nuestra vida es líquida y se nos puede escapar entre los dedos y que precisamente por eso es tan hermosa. Y sabemos también que antes de la épica y de las banderas, somos una bolsa frágil de líquidos tibios, una arquitectura sostenida por huesos que se rompen. Basta un golpe mal dado, una fiebre muy alta o una tristeza prolongada para que todo lo que somos se derrumbe. Sangramos, nos caemos con facilidad, nos oxidamos por dentro, lloramos, dormimos, tenemos frío, plantamos árboles, tenemos miedo, somos materia delicada que camina ebria de luz y sueños.
Y, sin embargo, con nuestra carne blanda y con nuestros dedos que tiemblan y nuestros corazones que se aceleran por una sola palabra o un recuerdo, hacemos cosas que rozan lo imposible. Con un cerebro que cabe entre las manos, un órgano tan frágil, arrugado y eléctrico, hemos aprendido a contar las estrellas una a una y a darles un nombre, hemos dejado huellas en la Luna y máquinas en Marte, hemos salido de la Tierra como quien se quita los zapatos para entrar en la casa sagrada de un dios. Hemos abierto cuerpos para salvar otros cuerpos y hemos cosido vidas con hilos finísimos. Trasplantamos corazones para que unas personas vivan con los latidos de otras. Y todo eso es suficiente para creer que existen los milagros.
Lo que también sabemos
Sabemos también dividir los átomos, que son los más pequeños corpúsculos del mundo, y también sabemos partir un pan y compartirlo. Hemos compuesto sinfonías y resuelto ecuaciones, hemos escrito poemas que encierran los misterios y las grandezas humanas y teorías que explican sentido del Todo. Hemos creado telescopios para mirar lo que está a años luz de distancia, el infinito de lo grande, y microscopios para no perder de vista el infinito de lo pequeño. Hemos inventado las vacunas, hemos domesticado a las palomas mensajeras y enviamos cartas a doce mil kilómetros de distancia que llegan en una fracción de segundo. Aprendemos lenguas que no son las nuestras. Imaginamos con precisión futuros que aún no existen. Pintamos bisontes en cuevas y lanzamos sondas que alguna vez podrán llegar a Urano. Amamos y besamos y hasta hemos llenado de plástico los mares. Incluso existe en nosotros una extraña y profunda relación con el tiempo: guardamos documentos que se ponen amarillos, fotografiamos instantes, escribimos nuestros nombres en la arena sabiendo que el mar vendrá a borrarlos. Y nuestra conciencia de la pérdida no nos paraliza, por eso celebramos cumpleaños y regresos. Valoramos lo efímero porque intuimos con dolorosa claridad que lo que dura poco es lo que más vale.
Y lo verdaderamente asombroso no es que hagamos todo eso, sino que lo hagamos siendo tan frágiles. Que seamos capaces de cuidarnos los unos a los otros, de crear belleza, de perdonar, de atender a quien habla despacio dentro de un aula. Que sepamos reírnos de nosotros mismos. Que lloremos viendo una película o escuchando una canción que pertenece a un recuerdo muy viejo. Que sigamos intentando entendernos cuando casi nunca lo logramos del todo.
También tenemos la torpeza. Repetimos errores. Olvidamos. Construimos cosas preciosas y luego las destruimos con una facilidad sorprendente. Pero incluso en nuestra torpeza hay algo delicadamente humano, seguimos buscando el sentido, seguimos preguntando, seguimos creyendo en algo, porque sabemos que no se va a ninguna parte sin creer en nada, nos levantamos cada día con nuestro cuerpo lleno de agua y de esperanza.
Hay que decirlo con cuidado, no somos de mármol, somos suaves y blandos, somos improbables, somos polvo de hadas, una mezcla inexplicable de ciencia y de temblor, de daño y de ternura. Un grumo de materia que aprendió a pensar.
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