Opinión | MISA DE DOCE
Paco

Paco Rabal / L. O.
La franja de Gaza convertida en una morgue, Rusia atacando Ucrania, Venezuela sumida en el caos, Irán en llamas y el tío Trumph autoproclamándose emperador del planeta Tierra. El mundo se ha convertido en olla a presión de violencia a punto de estallar.
El Dios de la Guerra, alimentado por nuestra hostilidad, cada día se hace más fuerte y ha subido la temperatura del planeta a unos niveles de odio insoportables. De hecho nuestro actual nivel de violencia me recuerda tanto a tiempos pretéritos que si no hacemos algo con urgencia y rebajamos la tensión, la humanidad se verá abocada a épocas oscuras que creíamos olvidadas en los libros de historia.
Fijar la mirada en aquellas figuras que encarnan valores universales y que su presencia o recuerdo funcionan como antídoto frente a la violencia es uno de los métodos que podemos, a mi juicio, emplear para rebajar la temperatura y disipar los actuales niveles de odio.
El pasado viernes día 9, con motivo del centenario de su nacimiento, se inauguró en la Filmoteca un amplio ciclo de cine que repasará buena parte de la filmografía de Francisco Rabal, nuestro Paco, y que nos acompañará hasta final de año. Su recuerdo ensalza, sin duda, uno de esos referentes que representan como nadie los valores que combaten el odio y el fascismo.
Desgraciadamente no tuve la fortuna de tratar a Paco Rabal. Me lo presentaron siendo yo un adolescente durante la entrega de unos premios, pero mi timidez, propia de la edad del pavo, apenas me permitió mascullar un atemorizado hola. Aunque, afortunadamente, sí he podido desquitarme con su hijo Benito, que, si bien es físicamente un calco y perfecto espejo de su padre, humanamente representa la viva herencia de sus valores.
Porque Paco, según me cuentan aquellos que rieron y lloraron con él, era un hombre del pueblo, de todos. Daba igual si fueras de izquierda, derecha, centro, monárquico, republicano... A Paco todo el mundo lo quería. Y lo querían porque Paco no entendía de fronteras y se comunicaba en el más universal de los lenguajes, el amor.
Ensalzar y reivindicar a día de hoy su figura me parece un acto de emergencia humanitaria. Y es que Paco Rabal representa todo aquello que necesitamos para que el mundo no se vaya al garete.
Fueron cientos los murcianos que peregrinaron la semana pasada a la Filmoteca para recordar y homenajear al más universal de nuestros cineastas. Su filmografía es monumental, casi inabarcable. Paco Rabal es, sin lugar a dudas, uno de los mejores actores de la historia del cine español, del cine mundial, apostillaría yo. Recordarlo, estudiarlo y aprender de su legado debería de ser una obligación.
Pero si capital es su legado material, tan o más importante es el inmaterial. Porque Paco nos deja una herencia de valores indestructibles, eternos, que tenemos y debemos reivindicar. Y encima, es de Murcia ¡pijo!
Ante el odio, el terror, la guerra, al son de los acordes que cantaba la recientemente fallecida Encarnita Polo, yo digo, alto y claro: «Paco, Paco, Paco que mi Paco».
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