Opinión | Dulce jueves
En la mente de Trump
El problema no es solo lo que el presidente de Estados Unidos hace, sino el marco mental que impone

Trump
El mundo se desquicia por todos los costados. El mundo de Donald Trump. Una ciénaga de fanatismo como preludio de destrucción. Mientras las democracias claudican, por impotencia (Europa) o por cínico realismo (Estados Unidos), vivimos días impensables, incomprensibles para una mente normal, perfectos para la pesadilla más irreal. Días en los que personajes de opereta interpretan la tragedia de la humanidad, como profetizó Karl Kraus en los años veinte del siglo pasado. Como entonces, el lenguaje político se torna cruel, el odio lo contamina todo, emborrona la mirada y anula la compasión. La prensa —la desfachatez de los periodistas a sueldo— justifica el sufrimiento extendiendo la ceguera social. Y en las redes sociales se perfecciona minuto a minuto el delirio colectivo. Sin culpa, sin remordimientos, sin épica, sin héroes. Porque todo es fugaz y banal en el corazón de las tinieblas.
Nada nos prepara para afrontar lo inesperado cuando todo se derrumba a nuestro alrededor. Y cuando es el mundo lo que se viene abajo, estamos todavía más indefensos, porque ni siquiera nos sirven las defensas habituales que hemos aprendido en la vida. No sabes nada de lo que puede suceder ni de cómo te alcanzará. Estamos a merced de la incertidumbre. Y ante la incertidumbre surge el miedo como guía de comportamiento: ansiedad, depresión, gasto en seguridad y defensa, auge del populismo, identidades cerradas y agresivas, dogmatismo, nosotros contra ellos. Sumisos a una tecnología que nos encierra en el yo, nos entregamos a un relativismo estéril y abandonamos cualquier idea de proyecto colectivo.
El problema no es solo lo que Trump hace, sino el marco mental que impone. En una entrevista reciente en The New York Times, se le preguntó si su poder tiene algún límite a nivel internacional. Respondió que sí, pero solo uno: «Mi propia moral, mi propia mente. Es lo único que puede detenerme». Cuando se le insistió sobre si Estados Unidos debe respetar el derecho internacional, afirmó que sí, aunque matizó que «depende de cuál sea su definición de derecho internacional». Nunca la arbitrariedad se había formulado con tanta desfachatez. Pronto, si no lo estamos haciendo ya, viviremos todos dentro de la mente de Donald Trump. Y allí dentro no hay nada: debe de ser un lugar muy oscuro. Será un nuevo experimento de deshumanización a partir de la negación de cualquier límite moral compartido, la disolución de la responsabilidad y del sentido, el imperio del terror.
Solo la esperanza puede vencer al miedo. Los problemas tienen solución, otro futuro es posible, las libertades no pueden ser moneda de cambio, sino el punto de partida. Seguimos siendo responsables de nuestros actos, de lo que decimos, de lo que defendemos. Solo el amor, la compasión, la solidaridad o el perdón —sin fronteras— generan vida. Frente al nihilismo que propician el nacionalismo xenófobo y el fanatismo, que nos reducen como seres humanos aislándonos, todavía podemos recuperar la confianza en la tradición que nos ha hecho civilizados: cristianismo, liberalismo, socialdemocracia. No como dogmas, sino como fuentes de sentido, de límites y de esperanza.
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