Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Boulevard Flandrin

Y yo te buscaré en Groenlandia

Soldados del Comando Ártico del ejército danés durante una marcha en Groenlandia. En sus mochilas, las banderas danesa y groenlandesa

Soldados del Comando Ártico del ejército danés durante una marcha en Groenlandia. En sus mochilas, las banderas danesa y groenlandesa / Forsvaret M Defensa Dinamarca

Groenlandia servía, hasta hace nada, para dos cosas: ser hielo y tranquilizar conciencias europeas con documentales. Ese blanco parecía fuera de la historia, como si el mapa hubiera quedado en pausa con el dedo puesto sobre el ‘más tarde’. Pero el hielo no es postal, es puerta. Cuando se abre, no sale poesía; salen rutas, inventarios, nuevas coordenadas. El permafrost. El suelo que parecía eterno ahora cruje. Lo que se descongela no es solo agua; es memoria mineral. Bajo la nieve hay un catálogo: tierras raras y otros minerales críticos que acaban en imanes, baterías, sensores, defensa.

El deshielo no solo despeja el mar, también destapa el almacén. Y con el almacén vuelve la tentación antigua de convertir el mapa en algo opuesto a algo que suene democracia. Ahí Groenlandia deja de ser un nombre remoto y pasa a ser un gesto político. El mundo vuelve a hablar con el índice, como los niños cuando aprenden a decir ‘mío’, y quien señala rara vez pregunta. La fuerza vuelve con mala educación; no golpea la mesa, entra en la sala. A veces entra con la geopolítica de los pinreles de Trump, el pisotón como argumento. Primero se fijan condiciones y luego, si queda aire, se conversa.

Durante décadas la relación atlántica funcionó como costumbre con apariencia de ley natural. Estados Unidos ponía el paraguas; la UE levantaba un marco de convivencia y de futuro, una forma de convertir la fuerza en límites y las fronteras en promesas. Se vendía como comunidad de principios y funcionaba como póliza: tú pones lealtad, te cubren con seguridad. Esa gramática se borra, no porque desaparezca la fuerza, sino porque cambia el tono: menos garantía y más aranceles. Como han escrito Pittaro y Sulzman, estamos entrando en una ‘nueva era de la crueldad’. Traducido: el poder deja de fingir; ya no necesita caer bien, le basta con imponer. La humillación funciona entonces como herramienta rápida, porque simplifica el mundo: reduce una negociación a una demostración de fuerza.

Ante ese clima, Europa tiende a hacer lo que mejor sabe: refugiarse en la norma, en el procedimiento, en el papel. El problema es que el papel no abarata el kilovatio, no fabrica chips, no levanta una defensa común. La soberanía como decíamos, está cableada: si no tiene manos —capacidad material para producir y proteger— acaba firmando con el bolígrafo de otro.

La pregunta es si, cuando lleguemos, encontraremos un continente capaz de poner límites o uno capaz solo de explicarlos. Porque el mundo vuelve a hablar con el índice. Y lo que se señala, en esta década, se disputa con energía, materiales, logística, músculo. Quizá por eso la escena final parece una fábula fría: un pingüino simpático, tieso, mira cómo el viento del Ártico levanta la nieve en remolinos y, por un instante grotesco, peina hacia el cielo el flequillo rubio de Trump. Y uno entiende entonces, con un frío distinto, que demasiadas cosas importantes empiezan a decidirse a ras de suelo, en la geopolítica de sus pinreles, mientras Europa intenta explicarse con palabras y otros, allí arriba, en el Ártico, le muerden a la UE la lengua helada de sus confines —Groenlandia— para dejarla sin voz. 

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents