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Opinión | +Mujeres

2026: que la transición ecológica no vuelva a construirse sobre los cuerpos de las mujeres

En el año 2026, hablar de sostenibilidad sin hablar de justicia social —y, específicamente, de justicia de género— ya no es una opción ética ni política. La transición ecológica no es solo un cambio tecnológico; es una transformación cultural, económica y democrática. Y hoy, todavía, sigue estando atravesada por desigualdades que afectan de manera particular a las mujeres.

Uno de los desafíos más evidentes es la brecha en el acceso al empleo verde y al liderazgo en los ámbitos de la energía, el clima y la gestión ambiental. Mientras se multiplican los discursos sobre innovación, digitalización y nuevas oportunidades laborales, las mujeres continúan infrarrepresentadas en los sectores estratégicos y sobrerrepresentadas en los menos reconocidos y peor remunerados. Se habla mucho de ‘talento’, pero poco de cómo las estructuras, la educación y los sesgos invisibles siguen expulsando a las mujeres de la toma de decisiones ecológicas. La sostenibilidad, si se diseña sin mujeres, se diseña incompleta.

A esta desigualdad laboral se suma otra menos visible, pero aún más profunda: la feminización de la precariedad ambiental. Las mujeres son quienes soportan de forma más directa las consecuencias del cambio climático en lo cotidiano: la pobreza energética, la dependencia de infraestructuras públicas deficientes, la carga de cuidados que aumenta cuando los sistemas sociales y ambientales se resquebrajan. En entornos vulnerables, cuando sube el precio de la energía, cae la calidad del aire o escasea el agua, son ellas quienes ajustan presupuestos, quienes renuncian a confort y salud, quienes sostienen vidas. Además, esta precariedad se agrava de forma interseccional: las mujeres indígenas, racializadas o migrantes, que a menudo son guardianas de la biodiversidad, enfrentan una vulnerabilidad y violencia exponencial en la primera línea de la crisis ecológica. La sostenibilidad que no reconoce el trabajo invisible de cuidados ni la diversidad de las opresiones perpetúa injusticias.

Al mismo tiempo, los espacios de participación pública y gobernanza climática siguen reproduciendo dinámicas patriarcales. La transición ecológica requiere planificación democrática, escucha social y diversidad de miradas; sin embargo, las mujeres no siempre están presentes donde se negocia el futuro energético, urbano y territorial. No basta con incluirlas simbólicamente: hay que garantizar voz, influencia real y capacidad de decisión. La ecología política tiene género, y negarlo es neutralizarla.

El contexto sociopolítico actual tampoco ayuda. El retroceso de derechos, la reacción antifeminista y el cuestionamiento de las políticas climáticas alimentan un discurso que enfrenta igualdad y sostenibilidad como si fueran objetivos incompatibles. Pero es exactamente lo contrario: no habrá estabilidad ambiental sin justicia social, ni justicia social sin igualdad de género. El ecofeminismo lleva décadas recordándolo: cuidar el planeta y garantizar vidas dignas pasa por cuestionar el mismo modelo que explota territorios y cuerpos.

De cara a 2026 los retos son claros. Necesitamos políticas que integren la perspectiva feminista en toda estrategia ambiental, no como un apéndice, sino como columna vertebral. Es fundamental impulsar la formación y presencia de mujeres en la ciencia y la tecnología, así como en los llamados empleos verdes, y garantizar que el conocimiento tradicional y ancestral de las mujeres, esencial para la resiliencia y la agroecología, sea valorado e integrado en las soluciones de adaptación y mitigación. Debemos reconocer y redistribuir los cuidados como parte de la economía ecológica, además de garantizar los derechos energéticos y ambientales como derechos sociales. En definitiva, abrir la gobernanza ambiental a la participación efectiva de las mujeres, especialmente de aquellas que viven en contextos más vulnerables y que se encuentran en la intersección de múltiples desigualdades.

La transición ecológica puede ser una oportunidad histórica o una repetición de desigualdades. Si se hace sin mujeres, volverá a construir un mundo injusto, pero si se hace con ellas y desde ellas, puede ser transformadora, democrática y verdaderamente sostenible.

En 2026 no deberíamos celebrar solo avances tecnológicos o indicadores ambientales: deberíamos poder celebrar que la justicia climática también es justicia feminista. Solo entonces podremos decir que estamos avanzando hacia un futuro que valga la pena habitar.

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