Opinión | Pasado a limpio
Cambiando las reglas del juego

El antropólogo español José Antonio Jáuregui, en el programa ‘Las reglas del juego’.
En los años setenta, en el inicio de la Transición, Televisión Española emitió Las reglas del juego. José Antonio Jáuregui, profesor de Antropología Social en Oxford, explicaba las estructuras, pautas y constantes del 'homo tribalis'. El comportamiento del grupo es similar cualquiera que sea éste, la época o el lugar en que se desarrolle. En una sociedad que estaba cambiando sus propias reglas, unas nociones de Antropología Social eran de lo más apropiado. También para un chaval como era yo, en plena formación de la conciencia social.
La familia, la propiedad privada y el Estado, no han sufrido grandes variaciones desde que Engels teorizara con su origen. El padre representa el orden, la lógica, los límites de lo moralmente correcto, los castigos. La madre marca las pautas de lo emocional, los afectos, los premios. En aquella familia de los setenta, el padre no elogiaba, rara vez alentaba. Una de las pocas charlas, monólogo más bien, que tuvo el mío podría titularse como el programa que estaba en antena. Empezaban mis años de adolescencia, de la búsqueda de los propios límites, de la rebeldía contra el orden establecido. Las reglas del juego que marcaba mi padre eran las normas familiares y sociales que no debían contravenirse sin grave perjuicio.
Las reglas que explicaba el profesor Jáuregui eran estructuras sociológicas y pautas de comportamiento colectivo. El programa seguía un método pedagógico con multitud de ejemplos, diversas sociedades, épocas, actividades. Recurrir a la paradoja contribuía a fijar ideas. El método de mi padre era menos paradójico, más categórico, impositivo. Y aunque la conclusión pretendiera ser similar, la remisión a las reglas del juego en un caso servía para enseñar y en el otro para imponer.
Los estudios de Derecho me ilustraron otro tipo de reglas, con la misma pretensión de ordenación, incluso similar carácter. El método pedagógico era distinto y, desde luego, pocos profesores eran tan ilustrativos como José Antonio Jáuregui. Sin embargo, su método ya había recalado en mis estructuras mentales. Probemos a ponerlo en práctica.
¿Cómo se puede defender a un delincuente sabiendo que es culpable? Es la pregunta habitual cuando un desconocido dice que es abogado. Cientos de veces me preguntaron y responder igual es aburrido. Respuesta evasiva: «Nunca pregunto si es culpable o inocente»; pero hay una contrapregunta eficaz: «¿Querrías que te defendiera un buen abogado si el acusado fueras tú y todas las pruebas estuvieran en tu contra?». La conclusión es evidente, el derecho de defensa no puede negarse a nadie, pues la sola idea de que un inocente pueda resultar condenado repulsa a la razón.
Luego un acusado, sea inocente o culpable, tiene derecho a un juicio justo, con todas las garantías y los medios de prueba pertinentes a su defensa. Salvo que sea Donald Trump, que saldrá de rositas aunque haya sido condenado por treinta y cinco delitos; o el caso contrario, que Trump decida que eres un narcoterrorista y te ejecute sin juicio y en aguas internacionales.
La ley varía en función de la época, el país o las relaciones que regula, pero, como en la Antropología social, hay inmutables. Mi maestro Joaquín Ataz, como Jáuregui, podría explicar que los problemas y conflictos de toda sociedad son esencialmente los mismos, cualquiera que sea el tiempo o la geografía, pero cada unidad política da soluciones diferentes. No obstante, hay ciertos principios básicos que permiten calificar a las sociedades en función de su justicia y humanidad. Como ejemplo, nos vale la igualdad ante la ley, el derecho a un juicio justo, la presunción de inocencia, la libertad de pensamiento y otros tantos a los que nos solemos referir como derechos humanos.
Admitamos que el Derecho Internacional tiene sus peculiaridades. Desde un punto de vista, es más convención diplomática que norma jurídica. Pero responde a una misma lógica: dar solución justa a los conflictos, para lo cual será necesario establecer procedimientos que salvaguarden ciertos principios racionales y derechos insoslayables. La experiencia, especialmente las confrontaciones armadas, han servido para crear instituciones y reglas que se consideran válidas, aun cuando puedan ser mejorables. Recurramos de nuevo al método pedagógico.
La leyenda negra española surge en el momento de mayor poder de nuestra nación. Y, aunque tuviéramos algunas leyes razonablemente justas con los pueblos sometidos, admitamos que ciertos abusos de poder de algunas instituciones y algunas injusticias cometidas fueron determinantes para la inquina extranjera. Visto incluso con condescendencia, algunas decisiones de Felipe II resultaron nefastas y contribuyeron decisivamente a tales prejuicios. Sabemos cuánto tiempo nos ha perseguido esa oscura leyenda. Los escaparates de las librerías nos muestran sesudos estudios historiográficos intentando desmontarla, pero el Duque de Alba ha seguido asustando a los niños holandeses durante medio milenio y luchar contra los miedos atávicos es un imposible metafísico.
Sé que a Donald Trump le refanfinfla todo lo que diga y hasta le place ser odiado, pero podríamos dejar de darle oídos a quienes le bailan el agua a este impresentable y todos sus acólitos, paniaguados y reverenciadores; y los tenemos muy cerca.
Las injusticias tienen un precio que, a la postre, termina pagándose. Al menos, eso quisiera uno creer.
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