Opinión | Las trébedes
Aburrimiento, pereza y polarización
El hecho de que tanta gente se aburra viviendo en tan satisfactorias condiciones indica que el bienestar material no es suficiente para dar sentido a la vida

Ilustración de Leonard Beard.
«Eran salvajes e iracundos, especialmente los de mediana edad y los más viejos, y lo que los había vuelto así era el aburrimiento y la desilusión.» (El día de la langosta, de Nathanael West, trad. José Luis Piquero)
Nos aburrimos. Los ciudadanos de las clases medias —o lo que de ellas queda, que aún es bastante— y acomodadas de los países europeos comparables con España se aburren. Por más que vivamos en el mejor de los mundos que la humanidad ha conocido, con cotas de abundancia y confort (agua potable corriente, agua caliente, aire acondicionado…), de libertad (de expresión, de movimientos, de opciones informativas, políticas, académicas y laborales…) y de seguridad (ciudadana, alimentaria, sanitaria…) que nunca antes se han disfrutado, a pesar de vivir así de ‘bien’, hombres y mujeres, niños, adolescentes, jóvenes y viejos, todos se aburren. Todos aquellos a quienes el trabajo o la pura supervivencia no les ocupan todo su tiempo o todas sus fuerzas se aburren. A pesar de que el acceso a la información está al alcance de todos; a pesar de que la industria del entretenimiento va viento en popa; a pesar de la sofisticación de la tecnología; a pesar de todo, la gente se aburre. A pesar de que vivamos interesantes tiempos de cambios, a pesar de las amenazas que se ciernen sobre el sistema político instaurado tras la II Guerra Mundial, a pesar de las nuevas posibilidades que abre el desarrollo tecnológico, a pesar de todo, la ciudadanía europea se aburre. Prefiere aburrirse a pensar.
Por otra parte, los medios informan cada dos por tres de que se extiende entre la población la idea de que por primera vez ocurrirá que nuestros hijos vivirán peor que sus padres; se publican libros que culpan a la generación ‘boomer’ de la precariedad del empleo y la carestía de la vivienda (en España); se reclama que las pensiones se reduzcan y se dedique ese dinero a favorecer a los jóvenes… es decir, parece que cunde la desilusión junto al aburrimiento.
El hecho de que tanta gente se aburra viviendo en tan satisfactorias condiciones indica que el bienestar material no es suficiente para dar sentido a la vida, lo cual no impide que existan seres humanos que pueden conformarse perfectamente con lo que John Stuart Mill llamó ‘la felicidad del cerdo’ (que consiste en satisfacer los placeres básicos de la supervivencia). El viejo y sensato Aristóteles advertía de que para poder ser feliz se requieren unas mínimas condiciones de base (como tener salud o no ser pobre de solemnidad, entre otras); pero hay otros conceptos de felicidad y otros valores (como pueden ser el ocio o el dinero) que pueden dar sentido a la existencia humana (en el cristianismo, la enfermedad o el sufrimiento no son ‘per se’ un obstáculo, por ejemplo). Es decir, la felicidad entendida como satisfacción en sentido amplio puede tener muy diferentes formas. Tal vez las ciencias sociales hayan nombrado esto que casi cualquier profesor de secundaria que haya tenido ocasión de indagarlo mínimamente sabe: que está bastante generalizada entre nuestros adolescentes una idea de felicidad que podría expresarse en la ecuación ‘felicidad = dinero + sexo’, entendiendo que la diversión va indisolublemente incluida en el dinero. En plena juvenil ebullición de hormonas es comprensible esta perspectiva espontánea; la cuestión es si se puede ir un poco o un mucho más allá. El planteamiento de la ecuación socrática (‘virtud = saber = felicidad’, lo que suele simplificarse como ‘nadie que sea capaz de distinguir entre lo bueno y lo malo elegiría lo malo’), que antaño desencadenaba la reflexión entre el alumnado, ahora se percibe como una extravagancia ridícula. Hoy parece que la amonestación kantiana en ‘Qué es Ilustración’, que instaba a atreverse a pensar por uno mismo, está cada vez más fuera de lugar, desaparecida la ironía de la frase «si puedo pagar, para qué quiero pensar». Y este perezoso sentir de los adolescentes no parece exclusivo de ellos, sino más bien extendido en amplias capas de las sociedades del bienestar. La polarización que padecemos tal vez sea un síntoma de que el aburrimiento y la desilusión nos han vuelto salvajes e iracundos.
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