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Opinión | El retrovisor

El futuro no es lo que era

El nuevo año se afronta con cierto desánimo, ya que todo cambia de una manera acelerada

Murcia, Puente de los Peligros en los años sesenta.

Murcia, Puente de los Peligros en los años sesenta. / Tomás / Archivo TLM

Estamos en esos días en que llegamos a creer que hasta San Antón Pascuas son, aunque sabemos que las navidades pasadas forman ya parte de la historia. La mayor evidencia de ello son los bolsillos vacíos y, quien dice los bolsillos, dice también las famélicas tarjetas de crédito. Debe ser por eso por lo que enero es un mes que cae mal, porque nos coge siempre con una mano delante y otra detrás. Todo está por llegar y por hacer y, para colmo, con tiempo desapacible y frío, lo que nos hace cobijarnos bajo las faldillas de la mesa camilla y embozarnos en bufandas y abrigos. Las mantas toman protagonismo, aunque ahora sean más ligeras y se les llame con nombres tan sofisticados como «plumíferos». Al final, una manta, en enero, siempre será una manta.

Un mes que abre la puerta del año, dejando pasar una bocanada de aire frío que ahoga los rescoldos de las pasadas fiestas navideñas. Sus dos caras miran: una al porvenir y otra al pasado; una mira a lo grato del futuro, sonriente, y el otro lado, a lo desagradable y adusto.

En el mes en curso uno se plantea muchas cosas: dejar de fumar, adelgazar, beber menos cerveza y gastar más formalidad en la vida conyugal. El nuevo año se afronta con cierto desánimo, ya que todo cambia de una manera acelerada; nos damos cuenta que el futuro ya no es lo que era, sin caer en la cuenta que nosotros tampoco somos lo que éramos. Ya, por no ser, ni las guerras son como eran: se ha perdido todo romanticismo bélico. Qué lejos quedan aquellos días en los que el enemigo, cara a cara, rompía su sable y se rendía. Ahora no: que se lo digan a Nicolás Maduro, que estaba haciendo popó y le entró el Séptimo de Caballería por la chimenea, llevándoselo cautivo en chancletas, sin darle tiempo a vestir su tradicional y patriótico chándal. Nada es igual: antes te mataban, ahora, te abaten. Lo hacía el enemigo con un disparo; ahora lo hace cualquier indocumentado con un dron, sin llegar a saber ni siquiera dónde se encuentra. La culpa es del almanaque, siempre antológico, improvisador e incierto y también del capricho de quienes nos gobiernan. Existe un nexo común entre el pasado y el futuro: las guerras, a las que la estupidez humana marca como hitos de referencia. El futuro ya no es futuro, es una continuidad de gilipolleces que ponen de manifiesto la torpeza humana. 2026, nace sin memoria, embelesado con las conquistas territoriales y ambiciones de Putin, el chino y Trump, junto a cuatro pelotas tarados que dan al traste con la convivencia, que debiera ser pacífica en este mundo absurdo y cruel.

¿Quién no ha imaginado el tiempo por venir? ¿Quién no ha levantado en enero las hojas del almanaque tratando de ver el futuro siempre caprichoso? Hay, en todo almanaque, un subsuelo de melancolía y esperanza. Un año que empieza, se caracteriza por un halo de alegría y de tristeza, aunque no sea más que de alegría superviviente, la de haber añadido a nuestra biografía un número y aunque no sea más que la tristeza de tener fatalmente un año menos para acercarnos al oscuro destino del obligado camino.

El futuro imaginado no pasa por las grandes conquistas espaciales, por los grandes retos sociales anhelados ni, tan siquiera, por aquellas ilusas ambiciones de juventud. Quizás, el futuro fuera mejor ayer, cuando se valoraba y se cuidaba la experiencia de quienes supieron legarnos un mundo mejor, ilusiones y quimeras que se dejan morir en el olvido por una clase política egoísta, inculta e indolente. Sí, el almanaque revuelve cenizas y prende fuegos. Todo, en un almanaque, espolea a la memoria y crea memoria, conciencia y consciencia, la que nos hace sentir nostalgia de nosotros mismos.

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