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Opinión | Achopijo

El descanso

La muerte está inundada de tabúes. Echamos flores al barro. Hablamos de paz y descanso. Y nos dejamos ir hacia lo que no podemos saber, con fe, sea lo que sea en lo que creamos, o a lo que podamos agarrarnos. Al final seguimos aquí, y a las horas, dormimos y soñamos; y en la calle de al lado para un coche en el semáforo y dentro ríen dos niños con su madre. Lo más doloroso cuando alguien falta es ver cómo la impasibilidad de todo lo demás arrasa con el paso del tiempo, y a la vez, es el consuelo. Aquí estamos. Esto sigue.

Nuestra generación está en un punto de despedida. No como aquellas en las que cantábamos al amanecer 'Una canción de despedida' de Los Lunes, a pleno pulmón porque iniciábamos vida lejos de la ciudad en la que crecimos... Nos despedimos de nuestros padres, y las canciones van por dentro.

Es inevitable verse en los ojos de un amigo que acaba de perder a su padre. Y es inevitable pensar en que llegará el día en el que otro amigo se vea en los tuyos. Y lo que ves es precisamente ése reflejo. Cuesta dormirse pensando en las tonterías de todos los martes, o miércoles, o jueves. Cuando es la muerte la que te azuza cuesta dormirse queriendo vencer a las cosas que nos amargan, y ahí es donde uno puede agarrarse. También a la nostalgia que aquí he defendido como un hooligan, y seguiré haciendo, porque nos hace bien. Lo que duele en el adiós no es tanto la forma de irse, ni el irse en sí mismo, lo que duele es todo lo que deja en el recuerdo, y a la vez, eso es lo que forma la fuerza para que el recuerdo permanezca. El dolor no es dolor cuando sirve para mejorar el alma.

Vuelvo a leer a enemigos de la nostalgia y después de días de tanatorio aún creo más firmemente en que los recuerdos son una columna vertebral de nuestra capacidad de emoción y crecimiento personal. Esto es una batalla contra el tiempo y necesitamos tener armas poderosas con las que luchar. También el olvido puede serlo, no me encasillo, que hablar de nostalgia tiene tantas lecturas como interpretaciones un ocaso. Esos tabúes son ladrillos, puntos de apoyo. Los abrazos son lo mismo. Pero lo que se mantiene fuerte ahí, mucho más allá de la muerte, son los recuerdos que nos han hecho lo que somos, y ahí están nuestros padres. Visibles en nosotros, y en nuestros hijos. Y en sus padres, y los padres de sus padres. Y duele, pero es orgullo puro.

Vale.

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