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Opinión | Grullas de papel

Sobre un volcán dormido

Job, de Léon Bonnat.

Job, de Léon Bonnat.

Lucifer

El astrónomo chino Subo Dong ha descubierto un planeta errante. Suponemos que hace innumerables eones, incontables kalpas, en tiempos remotísimos y en edades tan lejanas que difícilmente pensaríamos que hayan podido existir, este planeta orbitaba, amoroso, alrededor de su estrella. Planeta y estrella se armonizaron en sus posiciones no sabemos durante cuánto tiempo. En un momento impreciso, en un largo “después” que acaso durara millones de años, ocurrió una catástrofe cósmica y aquel sol, quizá anterior a cualquier otro sol conocido, expulsó a su planeta quién sabe por qué secreto agravio, lo declaró odioso y lo condenó a marchar sin camino por el espacio profundo y vacío, lejos de las demás estrellas. No refleja luz alguna y en las distancias siderales el ojo humano no puede percibirlo. Su presencia se delata solo por la distorsión de las ondas gravitatorias. Envuelto en la oscuridad del abismo, perdió el brillo que le prestaba su sol. Vaga solo, sin rumbo, como un desterrado.

Latrocinios

San Agustín dice que los reinos son grandes latrocinios. Las fronteras se extienden a medida que se agrandan los saqueos. Quizá os sorprenda saberlo, pero también san Isidoro decía que los países sólo prosperan mediante la guerra, es decir, a costa del sacrificio de los más débiles, destinados a sucumbir en el altar de los fuertes y poderosos. Nuestro docto obispo recuerda a un antiquísimo rey oriental llamado Nino, él habría sido el primero en disolver los lazos primitivos y más pacíficos de la humanidad, para forjar un nuevo orden basado en la alternancia de la sangre derramada por unos y otros en una ronda de combates, en una permanente rotación de muertes, victorias y derrotas. Entonces, podemos suponer que las naciones que se encumbren primero, caerán después dando lugar a un intercambio angustioso y sin final. El dolor no acabará nunca, pues sobre él crece el árbol infame de la civilización. De sus ramas cuelga el cadáver de la humanidad. Una apacible brisa lo balancea. Presta atención, acaso escuches el toque de difuntos de una campana lejana.

Centinelas de un puesto avanzado

Alexis de Tocqueville pronunció un discurso ante los diputados franceses a comienzos de 1848. Veía, y así lo advirtió, la sombra amenazante de una nueva revolución que socavaría, aún más que todas las conmociones anteriores, las bases del orden político con la emergencia de los trabajadores como nuevo actor social. Era un fenómeno completamente nuevo, arrasaría todo con la fuerza de un huracán. Él no fue el único cuya clarividencia advirtió la inminente de explosión de una energía telúrica retenida por la fuerza, pero capaz de desbordar todos los diques.

—Tocqueville: Vivimos sobre un volcán dormido.

—Marx: Un fantasma recorre Europa.

Oscuros orígenes

Aquel buen muchacho no había nacido aún y su madre (que era una mujer sin honra) sufrió visiones; y su padre, hombre manso y crédulo, tuvo extraños sueños. Acabó viniendo al mundo de prestado, en un establo rodeado de animales. Decían (para escarnio suyo) que descendía de la estirpe de los caudillos de Israel, pero también de las más famosas extranjeras, adúlteras y prostitutas. Su nombre se mencionaba en la misma frase al lado del rey David, de Tamar, Ruth, Raab o Betsabé. En su pueblo, donde todos conocían bien a su padre, a sus hermanos y hermanas, se reían de él. Se ve que nadie será profeta en su tierra. Frecuentaba desiertos, ayunaba, vivía pobremente y, aunque las zorras tenían madrigueras y los pájaros nidos, él decía que no tenía dónde reposar su cabeza. Siendo todavía un joven de treinta años, fue condenado a muerte. Un amigo le había traicionado. Hasta el último día habló de un reino futuro de justicia y misericordia. No hizo daño a nadie, tampoco gozó de bienes. A su madre tuvieron que prestarle una tumba para que fuera enterrado en ella. Incluso después robaron su cuerpo. Nunca tuvo nada.

El laud destruído

Esto me lo contaron así. Hubo un rey que jamás había escuchado la música del laúd. Un día la oyó de lejos y le pareció algo maravilloso. Ordenó traer ante él la fuente de aquel sonido admirable. Pero aunque veía y oía, su mente no alcanzaba a entender el papel que jugaba el laudista, ni la fuerza de la resonancia, la construcción de la caja y la tensión de las cuerdas. No sabía que cada uno de aquellos elementos era una parte necesaria del laúd, y que por tanto, todos eran, a la vez, la música del laúd. Al tenerlo en sus manos y no poder emitir ningún hermoso sonido con él, lo arrojó al suelo y lo destruyó en mil pedazos para que nadie más fuera víctima de aquel perturbador hechizo.

Job, de Léon Bonnat

Job, de Léon Bonnat / L.O.

El hombre de la teja

Cuando Job cerró el círculo que rodeaba su vida, vio con ojos de sabio, habló con voz de sabio. Que nos diga, pues, la más alta verdad:

—Desnudos salimos del vientre de nuestra madre la tierra y desnudos volveremos a ella.

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