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Opinión | Este humano desorden

Se ha ido tó al pijo

Imagen Se ha ido to al pijo

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Mi padre veía en silencio las noticias por la televisión sentado en su sillón rojo de escay. Las escuchaba con un rictus de hastío y no tomaba partido ni levantaba la voz para quejarse. Dejaba que las imágenes se sucedieran una tras otra como pasan las nubes cargadas de piedra, con una mezcla de incredulidad y un ubicuo cansancio existencial. Y entonces, de pronto, decía, sentenciaba a modo de balance o de pedagogía:

-Se ha ido tó al pijo.

Aquella expresión suya no era una blasfemia, era una síntesis. No se refería nunca a un gobierno concreto, ni a un escándalo nuevo y puntual, ni siquiera a algo del presente mediato o inmediato. No hablaba del ahora, sino del desajuste profundo entre lo que él había aprendido y vivido como mundo y lo que tenía cada día delante de los ojos.

Enseguida comprendí que ese «Se ha ido tó al pijo» no quería decir que todo fuera a peor, solo quería decir que ya no se entendía. Era una frase sin ideología, sin consigna, sin programa, porque mi padre se había dedicado toda su vida a trabajar en la huerta, a vestirse con traje para jugar al dominó los fines de semana en el Dulcinea y a comprar machacos de vuelta a casa en la confitería de Las Cecilias los domingos por la noche. Como se diría ahora: había dedicado toda su existencia a ‘pasar de la política’. Ni siquiera me dejó que me apuntara a la OJE cuando era yo un crío.

«Se ha ido to al pijo» era una frase de alguien que no necesitaba tener razón porque había vivido lo suyo, de alguien que creció en un mundo donde la palabras valían mucho más que el papel y que la publicidad, donde la honradez no se explicaba nunca, solo se practicaba y ya está, y donde el trabajo era una identidad y una obligación callada.

Cuando mi padre decía «Se ha ido tó al pijo»estaba diciendo muchas otras cosas a la vez: «Que ya no se sabía quién mandaba de verdad en el mundo. Que las palabras se habían vuelto baratas y sin significado. Que el trabajo ya no garantizaba dignidad. Que el que gritaba más alto llevaba razón por agotamiento del prójimo. Que la prisa había sustituido al cuidado. Que saber callar ya no era una forma de sabiduría, sino una derrota. Que el dinero hablaba un idioma más convincente que la verdad. Que los esfuerzos habían perdido prestigio. Que las mentiras y los engaños se habían vuelto muy listos, demasiados listos. Que la vergüenza había cambiado de bando. Que los viejos consejos se habían quedado huérfanos y eran como aforismos oxidados. Que el respeto había dejado de ser un valor universal. Que la decencia ya no daba beneficios. Que la astucia había desplazado a la honradez. Que el sacrificio ya no tenía relato. Que las promesas duraban menos que la memoria de un pez. Que lo trivial ocupaba todo. Que el ruido había comenzado a vencer al sentido».

«Se ha ido todo al pijo» era decir también: «Ya no reconozco el mapa moral por el que caminé siempre tranquilo. Este ya no es el mundo que me enseñaron a cuidar». No había ira ni superioridad moral en esa frase, pero sí desorientación, demasiada desorientación. En el fondo era el lamento seco de alguien que había aprendido una ética que ya no funcionaba y ahora veía cómo todo se mezclaba sin consecuencias. Como si algo muy importante se hubiese averiado y nadie se molestara en arreglarlo.

Él decía «Se ha ido tó al pijo» y otros hombres de su generación decían cosas parecidas: «Esto no hay quien lo entienda». «Aquí ya vale todo». «La gente ha perdido los papeles». O «El mundo se ha vuelto del revés». Todas venían a decir lo mismo desde ángulos diferentes: Ha habido un terremoto y el suelo se ha movido.

Pero «se ha ido tó al pijo”» tenía algo especial. Me encantaba. Y a mi amigo Juan Montiel Vila también. Ambos hicimos entre nosotros mítica esa frase porque existía en ella una mezcla de duelo e ironía, incluso un ápice de la poesía de Vallejo o Cernuda. No era una frase solemne, era casi doméstica, habitual, pero le venía muy bien al derrumbe moral del mundo. Aquella frase vulgar y campesina era todo un compendio de filosofía pura, como si no hiciera falta ninguna palabrería academicista para entender que algo esencial se había desatornillado. Aquella expresión de mi padre no necesitaba hablar de valores en abstracto y sin embargo encerraba cosas muy concretas que es muy fácil ahora mismo imaginar al ver cada día la televisión como hacía él.

«Se ha ido todo al pijo» era también una manera de decir: «Yo ya no pertenezco a esto, señores, pero no por edad, sino por código personal». Su frase no buscaba arreglar nada, no pedía explicaciones ni siquiera encerraba la voluntad de proponer un futuro y muchísimo menos volver atrás en el tiempo. Simplemente era un epitafio oral. Despedirse del mundo y de una conversación que ya casi no tenía interlocutores. Era su resumen final. Su amén. Su «Para mundo que me bajo».

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