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Opinión | El Mirador

Vivamos mientras pensamos

El vivir es un paréntesis que se repite durante toda la existencia de cada uno

Relojes.

Relojes. / Unsplash / Jon Tyson

Creo que fue Bob Dylan el que cantaba algo así como “entre los empeñados en nacer y los ocupados en morir andan los liados en vivir”… Me parece que no hay que matarse a pensar lo que esa frase quiere decir. Otra cosa es que nos dé miedo, o respeto, o cansera, o cierto repelús, el sacar el significado de la misma. En mi caso ya no hay caso. De lo primero, ya no me acuerdo; de lo segundo, ya lo considero pasado; y en cuanto a lo tercero, no sé si estoy en ello, o aún no he comenzado con ello. O quizá esté en la interfase. No lo sé.

Cuando empieces a ver el presente como pasado, es que has entrado en el futuro”, creo que escribió Cicerón… Otra buena pista de un clásico que sabía lo que se decía. Yo me limito a transmitirlo, una vez usado en mi pensar, por si algún otro quiere aprovecharlo. Estas máximas no se ajan con el uso; nunca son de segunda mano; ni caducan, y siempre lucen como nuevas, a estrenar. Son frases que no se desgastan, ni pasan de moda; todo lo contrario, pensar en ellas es como frotarlas, sacarles lustre, y, a veces, hasta te puede salir el genio de la lampara, si las tratas con el cuidado y respeto que merecen.

Y la que (las que) he elegido para llenar mi cuartilla de hoy, no tienen desperdicio, a poco que le den vuelta y mitad… No existe un límite concreto para ninguna frase. Normalmente, aquellos que están enfrascados en pleno intermedio, suelen creer que los empeñados en nacer y los ocupados en morir, están en un lapso breve del tiempo; que el comienzo y el final son un “tris” en el compás de la vida. Pero eso es un espejismo. De hecho, hay quiénes están naciendo durante décadas, como los hay que preparan su muerte con tiempo suficiente, y sin prisa ninguna.

El vivir es un paréntesis que se repite durante toda la existencia de cada uno. Y ni lo segundo ni lo primero tienen una duración definida… Suelen ser como los eslabones de una misma cadena, pero donde no todos los eslabones son iguales, aunque la cadena sea la misma. Incluso dicen los que saben de esto, que los eslabones se forjan en el tiempo, pero que la cadena no tiene tiempo; esto es, que existe el tiempo en las vidas, pero no en la existencia, que es un tiempo sin tiempo. La paradoja de esto es que el tiempo es lo contrario a la eternidad.

De ahí que cuando oímos, o leemos, lo de “vida eterna”, debemos traducirlo como “existencia”, pues ninguna vida puede ser eterna en sí misma. Y resulta tremendamente lógico: existe una ley física “todo lo que tiene principio ha de tener fin”; y toda vida, que yo sepa al menos, tiene un principio, luego… blanco y en botella. Si las existencias tienen, o no, principio, de momento es una teoría basada en el movimiento entrópico universal. Se sabe que la energía no tiene principio ni final, pero se transforma sin parar. Y si la vida cumple el ciclo vivir-morir es porque existe un cuerpo material de por medio, que se engarza a la existencia inmaterial. Ya saben aquello de “el polvo al polvo” que decía el nazareno aquél, que sabía un montón de esto.

Sin embargo, fíjense bien fijado, que nosotros vivimos porque pensamos, y porque pensamos, así según vivimos. Los animales, en cambio, que sienten más que piensan, no distinguen entre vida y existencia, no aprecian la luz que se enciende y luego se apaga, o al revés, que viene a ser lo mismo… El ser humano, que sí tiene conciencia de ello (que no consciencia) es el que se lo aplica a sí mismo. Esa parte de energía pensante – inteligente – razona lo que la materia no es capaz de razonar por sí misma.

It ist the question, que dijo el escocés. Por eso que Bob Dylan, como Cicerón, y como tantos otros, dijeron lo que pensaban que era: una vida que comienza para terminar; una entidad (identidad) que se enciende para apagarse; un algo que medita lo que siente y que siente lo que medita a través de las emociones… Y en ese lapsus, simplemente se vive, se está, se obra. Naturalmente, la capacidad de obrar genera unas consecuencias, y de esas consecuencias nacen unas experiencias… hasta aquí todo sigue un hilo lógico.

…Para luego surgir el pensamiento no menos lógico: el atesorar experiencias tiene que tener algún objetivo, algún propósito; y después, la gran pregunta, aún más lógica: ¿Cuál es ese propósito, ese objetivo, ese fin?.. Lo que el cantautor, o el filósofo, exponen en los extremos del tiempo, es, ni más ni menos, que esa misma incógnita. Incógnita que, una vez desvelada, responderá, a la vez, al reto más antiguo de la humanidad, grabado en piedra: “Hombre, conócete a ti mismo”… Solo podremos conocernos a nosotros mismos si conocemos nuestro objetivo, esto es, la finalidad de nuestra existencia humana.

Perdónenme si no sé explicarlo de forma más sencilla y llana; de manera más comprensible… Son temas que interesan a una minoría y espantan a una mayoría, pero a los que, antes o después, todos y cada uno de nosotros habremos de enfrentarnos. Y la interpelación que yo me hago a mí mismo a estas alturas de la vida, ya sea vivida – mucha - o por vivir – poca – es si estoy en sintonía con la parte que me toca, o la he perdido, o es que solo toco de oído… Es algo que tendré que ir mirándomelo, luego a luego.

En esa canción de Dylan, yo me sitúo entre los que ya no están liados en el vivir, ya que ahora es la vida la que me vive a mí… El otro día, un amigo me decía que “vivimos en el tiempo de descuento”, pero yo no termino de creerlo. Solo vivimos el tiempo que nos toca, y punto pelota. El partido dura, en nuestro caso, hasta después que el árbitro toque el silbato, pero un partido es parte de una liga, igual que una batalla es parte de una guerra… Solo hasta ahí he podido llegar, y eso es lo que puedo valorar. Y así se lo cuento, en un cuento en que cada cual cuenta su cuento… Otra cosa es que ni el cantante ni el filósofo tengan puta idea de lo que hablan, en cuyo caso, por favor, métanme también a mí en el lote. Muchas gracias.

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