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Opinión | Boulevard Flandrin

La UE y el Monopoly de Trump

Trump

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Trump juega al Monopoly global como si la política exterior fuera un derecho de propiedad y no un sistema de límites y contrapesos. Compra casillas con amenazas. Hipoteca alianzas con aranceles. Y, cuando su vanidad habla, se le escapa lo peor de los siglos antiguos: brotan el lenguaje del vasallo, la fantasía colonial y la pedagogía del escarnio, la forma más rápida de enseñar obediencia a una audiencia cansada. Hay en ello una vanidad de conquistador tardío, una manera de mirar el mundo como un mapa plastificado que puede borrarse y reescribirse a voluntad.

Pero lo decisivo no es Trump ni el exabrupto: es el modelo de poder que lo atraviesa. Un cambio de régimen. Del gobierno de reglas al gobierno de transacciones. Donde había derecho, ahora hay precio; donde había aliados, ahora hay deudores. El sheriff deja de actuar como garante de un orden imperfecto y pasa a comportarse como cobrador de peajes: la alianza como barrera de autopista, o pagas o no pasas. Y cuando la política exterior se convierte en un aplausómetro doméstico, la humillación deja de ser un accidente: pasa a ser una señal de tráfico.

En su Oeste, el derecho internacional es un cartel viejo, torcido, clavado en un poste. Y el ‘patio trasero’ no describe geografía, sino ciudadanía: hay países con derechos y países con permiso. Desde esa jerarquía se entiende la escena entera: la humillación a Zelenski, la fantasía con Groenlandia, la misoginia de la periodista rebajada a ‘cerdita’.

Recuerdo una clase en la facultad brutalista de Ciudad Universitaria. Desde la ventana se veía un muro tatuado por la Guerra Civil mientras Calduch desmenuzaba la ‘Realpolitik’. En su versión atlántica no era un catecismo de virtudes, sino un manual de contención: hablaba de barandillas. Y una barandilla solo se nota cuando alguien decide empujar. El derecho internacional, la disuasión, esa gramática consensuada, no pretendían hacer bueno al mundo; pretendían que no quedara a merced del más fuerte. Hay reglas que no te vuelven mejor: sólo evitan que te vuelvas peor.

Venezuela ha sido el capítulo donde aquella lección se volvió presente. Maduro es un dictador, y tanto España como la UE, hace tiempo que no le concede legitimidad democrática. Pero lo verdaderamente inquietante no es el tirano, sino el precedente que se abre cuando la política exterior se narra como atajo: la tentación de resolver un problema real con una excepción vistosa. Porque las excepciones, cuando se celebran, acaban volviéndose costumbre. Los órdenes internacionales no caen de golpe: se erosionan por hábito, por cinismo y por fatiga. Cuando una puerta se fuerza una vez, ya no vuelve a cerrar igual.

La democracia se defiende, antes que nada, evitando lo peor. Y lo peor sería una Europa reducida a casilla de paso del Monopoly ajeno: pagando peajes estratégicos sin silla en la mesa, convencida de que la prosa diplomática basta como chaleco antibalas.

Europa sólo recuperará autoridad si se toma en serio lo material: chips, la universidad, centros de datos, astilleros. La soberanía está cableada. Sin capacidad industrial, tecnológica y energética, la autonomía es literatura.

Ser europeísta ya no es una idea bonita: es una tarea urgente.

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