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Opinión | La Feliz Gobernación

Un mundo perplejo

La Unión Europea

La Unión Europea / Sierakowski Frederic/DPA

Hubo tiempos, no tan lejanos, en que la política internacional era un runrún de fondo que apenas levantaba un intermitente interés, y esto a pesar de la globalización y de, en Europa, la creciente incidencia de sus instituciones sobre las políticas nacionales. Aunque los conflictos localizados, las guerras próximas, el surgimiento de nuevas zonas de influencia y la persistencia de dictaduras, de derechas o de izquierdas, movían de vez en vez el mapa, en nuestros entornos parecíamos vivir en una relativa estabilidad en la que todo se nos antojaba previsible y controlable. El mundo se movía, como siempre, pero nosotros íbamos a lo nuestro, sin que percibiéramos demasiado las sacudidas externas, sin excesivas repercusiones.

Todo empezó a cambiar en algún momento ilocalizable. La hegemonía de EE UU empezó a debilitarse, nuevas potencias penetraron en las estructuras económicas establecidas, Rusia despertó con nostalgia imperial, ciertas dictaduras se disfrazaban de democracias, y empezaron a colonizar los Gobiernos personajes insospechados que accedían al poder a través del voto atrayendo a masas cuyo descontento no había sido hasta entonces identificado. Ni la bandera de la democracia ni las políticas sociales de los Gobiernos conseguían contener la normalización de discursos primitivos que de marginales pasaron en un santiamén a convertirse en moneda corriente.

Un fantasma recorre Europa y el mundo reviviendo modelos que se creían periclitados, superados por los valores de la convivencia y el respeto mutuo, y se exhiben sin pudor las razones del interés económico, incluso el privado de los propios dirigentes, antepuestas a cualquier otro cálculo, reforzadas por el impulso de un desaforado rearme que no queda para los arsenales sino que asoma con emplearse.

A todo esto, la democracia, cuyas normas se soslayan, sirve paradójicamente de cauce para institucionalizar el estado de cosas, una vez que el egoísmo como fuerza motriz y la corrupción como su consecuencia son aceptadas, no ya como elementos inevitables, sino como ingredientes básicos del menú. Y no hay más resistencia que asistir a lo que nos pasa con total perplejidad.

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