Opinión | Dulce jueves
Todo mal
La supuesta transición nace viciada porque parte de una premisa falsa: que el problema de Venezuela era solo Maduro

Todo mal
Todo mal para empezar. Desaparece Maduro y continúa el chavismo, ahora reencarnado en Delcy Rodríguez, por el explícito deseo de Donald Trump, como si los venezolanos no fueran capaces de guiarse a sí mismos sin la tutela de un poder extranjero. Lo que tenemos ahora es un híbrido entre la represión del chavismo y la plutocracia trumpista. Autoritarismo doméstico y cinismo geopolítico. Orden a cambio de negocios. Silencio a cambio de petróleo. Y, aun así, conviene no cantar victoria: las cosas siempre pueden empeorar cuando se extiende la idea de que la democracia es incompatible con la supervivencia y el progreso en un entorno de caos internacional.
Estados Unidos tendrá acceso total a la riqueza petrolera venezolana a cambio de un alivio de las sanciones y la promesa difusa de una estabilidad que, en la escala de valores trumpista, no se sustenta en las libertades. Es el viejo trueque imperial con envoltorio moderno: ustedes mandan sin molestar y nosotros hacemos negocio sin preguntas. Mientras los hermanos Rodríguez juraban el cargo, al menos catorce periodistas de medios y agencias internacionales fueron detenidos y obligados a borrar el material que llevaban en sus móviles. Grupos paramilitares armados patrullaban por Caracas, registraban casas y vehículos y se llevaban a cualquier sospechoso de haber celebrado la caída de Maduro.
Trump asegura que no se trata de abandonar a la oposición democrática, sino de asegurar una transición duradera. Yo no le creo. No porque la oposición venezolana no merezca apoyo —lo merece desde hace años—, sino porque la experiencia enseña que cuando se suprimen los límites al ejercicio del poder, la política entra en una fase más inestable y más peligrosa.
La democracia no se impone con operaciones encubiertas ni se garantiza con contratos energéticos. Mucho menos se construye fortaleciendo a los matones que controlan la policía, los tribunales y las calles. La supuesta transición nace viciada porque parte de una premisa falsa: que el problema de Venezuela era solo Maduro. El problema es un sistema que se ha acostumbrado a gobernar sin controles, sin prensa libre y sin ciudadanos, solo con súbditos. Pero ese es el modelo en el que Trump se siente cómodo.
Hay algo obsceno en este nuevo escenario: la idea de que todo puede justificarse en nombre del pragmatismo. Que más vale una dictadura previsible que una democracia incierta. Es el mismo argumento que se ha usado siempre para sostener a nuestros tiranos útiles. Y siempre acaba igual: con más represión y más corrupción. Venezuela no necesitaba un chavismo teledirigido. Necesitaba soberanía popular, instituciones creíbles y libertad de expresión.
Trump ha puesto a prueba la democracia en el mundo. Sin una reacción internacional, el derecho corre el riesgo de desaparecer, sustituido por la ley del más fuerte. Y como dice Máriam Martínez-Bascuñán, lo más inquietante no es que los autoritarios estén ganando, sino que quienes debían oponérseles parecen haber olvidado para qué. En este panorama desolador reconforta la tajante reacción de Pedro Sánchez: «No nos vamos a callar ante las violaciones del derecho internacional. España no va a ser cómplice. El peso de las palabras frente a la ley del más fuerte es importante y es lo que hay que defender».
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