Opinión | Tribuna libre
Cabalgata mejorable en Murcia

El rey Melchor durante la Cabalgata de Reyes Magos en Murcia, el lunes.
En todos los diccionarios de nuestra lengua la principal acepción de esa palabra es la reunión de muchos jinetes, matiz ecuestre que convierte en imprescindible la presencia en ella de las cabalgaduras o animales de carga. Sin obviar esa raíz, cualquier cortejo que desfile con carrozas, bandas de música y personas danzando puede considerarse igualmente una cabalgata, siendo la de los Reyes Magos la más importante de las que se producen anualmente en los países de la cristiandad.
Esa manifestación festiva se enlaza tradicionalmente con la celebración de la epifanía o adoración de los reyes y constituye la plasmación de uno de los cuentos o alegorías más bellos de nuestra religión. En la noche del cinco de enero de cada año, unos personajes cargados de lujo y de misterio cabalgan por tierra y aire desde tierras remotas de Oriente hasta los territorios occidentales para regalar juguetes a los niños de todos los lugares, ello en conmemoración y reiteración de Melchor, Gaspar y Baltasar, que acudieron a Cisjordania para visitar y adorar en la aldea de Belén al recién nacido Niño Jesús, después Jesucristo.
En el clima mágico que siempre ha envuelto a la cabalgata de los Magos, las representaciones y la escenografía de esos desfiles han revestido tradicionalmente toda una parafernalia de ilusión, pues los niños asociaban cada año el viaje real con lo extraño y lo exótico, como algo muy distinto y muy distante a lo normal en sus cortas vidas. De ahí que incluso se les permitiese conectar con esos personajes, dirigiéndoles cartas con sus peticiones de regalos, contando siempre con que han sido muy buenos, pues en el fondo late la tendencia cristiana a premiar lo bueno, llegándose a sancionar lo malo con los famosos sacos de carbón, que tanto se temían, aunque nunca llegasen.
Y ya voy a donde quiero llegar. No me satisfizo la cabalgata de Murcia del pasado lunes. Mi nieto, que es muy listo, como todos los niños ahora, me preguntó si en la época de los Reyes Magos había ya vehículos impulsados por motores. Ello al observar el tránsito de las carrozas que cruzaban la Gran Vía. Y es que, lógicamente, aguardaba la presencia de tres grandes camellos o dromedarios portando a SS. MM., rodeados, como siempre, de pajes y servidores, y todo ello seguido de otras cabalgaduras cargadas de paquetes, es decir, de regalos para todos. Culminaría ese conjunto imaginado una gran estrella, la que nunca dejó de alumbrar el camino a tan insignes viajeros.
Pero no, lo que se vio esa tarde en Murcia fue una especie de carnaval a destiempo, con multitud de figurantes danzando delante de cada carroza palacio, en cuya cabina se sentaba un rey. No es que discuta yo la plasticidad y alegría de los grupos de jóvenes bailando sobre el asfalto, pero cada cosa, y cada espectáculo, debe estar en su sitio y lo que allí se echaba de menos eran los pastores, incluso algún pequeño rebaño, los soldados reales, las mujerucas vendiendo castañas o dulzainas, los artesanos elaborando sus productos… es decir, el ambiente propio de cualquier belén, que trata de reproducir la situación que los Magos se encontraron al acceder al portal del alumbramiento divino.
Parece mentira que en la región de España donde se confeccionan los nacimientos y belenes artesanos más logrados no se haya reparado en la enorme cantera de figuras y vestimentas que éstos arrojan a la hora de representar en vivo el fenómeno, pues el origen napolitano de nuestros belenes es algo único, brillante y bellísimo. El simpar colorido de tales figurantes incrementaría también el efecto estético del cortejo. En definitiva, los niños disfrutarían mucho más y verían cubiertas sus aspiraciones más audaces sobre el fenómeno de esa noche mágica.
La liturgia es la base de toda tradición, algo de lo que saben mucho la Iglesia Católica y el mundo de los toros. Sólo hay que innovar cuando sea imprescindible, con cuentagotas. Eso es lo que mantiene las esencias. No creo que deba convertirse ese fenómeno en una manifestación festiva más, además no hace ninguna falta. Espero que nuestro Ayuntamiento no caiga en la trampa de seguir desnaturalizanado la cabalgata. Incluso si algún descerebrado sugiere que un camello se puede deprimir en su travesía por la Gran Vía.
Los niños necesitan ver a los Reyes Magos como siempre, esperando de ellos el oro, el incienso y la mirra en forma de los juguetes que tanto les ilusionan.
Larga vida a la cabalgata de siempre.
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