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El ADN machista

ADN machista
El jurista y ensayista Octavio Salazar insiste en sus intervenciones y en sus libros que todos los hombres llevan dentro un machista. Es una condición sobredeterminada por la socialización patriarcal que nos afecta a ellos y a nosotras, las mujeres, a cada cual de un modo distinto. Por eso, repite, el elocuente eslogan «que la vergüenza cambie de bando» es el camino a seguir. Un eslogan que universalizó Giséle Pelicot, la mujer que fue violada por los cincuenta hombres que su marido citó durante años para grabarlos cuando abusaban sexualmente de ella mientras estaba profundamente sedada. Que la vergüenza cambie de bando.
Hay que hablar, pues, de los hombres, responsabilizar a los hombres, analizar la conducta de los hombres. Los hombres que violan, los hombres que callan, los hombres que agreden verbalmente a diputadas en un debate parlamentario reduciéndolas a un mero objeto de deseo: «me pone veros enfadadas». Y hay que señalarles a ellos porque el machismo afecta por igual a los hombres de derechas y de izquierdas, a todos los hombres. El bochorno que produce el arrogante diputado del Partido Popular Ángel Alonso al dirigirse en esos términos a las diputadas con las que debatía se multiplica en los casos que avergüenzan al PSOE, como el de Paco Salazar y Antonio Navarro, entre otros, o las groseras conversaciones entre los puteros Koldo y Ávalos. Por suerte, algunos han sido denunciados por las mujeres de su entorno, que sufrían sus acosos cotidianamente, su desparpajo de machistas sin educación. O, más a la izquierda, nadie se salva de esta genética patriarcal, el comportamiento de Iñigo Errejón. Testosterona en estado puro, impulsividad sin freno interno. ¿Para qué inhibir esos deseos?, se preguntarán los señores, si somos hombres, falos andantes, si casi disfrutamos del medieval derecho de pernada.
Pero, repitamos nosotras, ¿por qué no se frenan? ¿Por qué su lóbulo frontal, patriarcalmente atrofiado cuando se trata de expandir sus hormonas de machos, no reprime su deseo de humillar a las mujeres, de presionarlas, de abusar de ellas, de agredirlas? Por detenernos solo en una de las respuestas, porque ni siquiera son conscientes de su desmesura, lo que significa varias cosas, todas graves. En primer lugar, que no existe en ellos un regulador interno que censure esa conducta porque consideran que a las mujeres nos gusta ser reducidas a objetos sexuales, o porque no les importa qué consideremos nosotras. Mujeres con quienes comparten tareas de gobierno o de trabajo, colegas que se baten en distintos asuntos de la vida exactamente igual que estos hombres. Aún así no las consideran sus iguales, sino que las cosifican, las reducen a su escote, a sus tetas, a su excitante enfado. Y no temen mostrar su conducta a pesar de las revoluciones feministas, cuya historia se remonta ya varios siglos atrás, a pesar de la ley de igualdad, del #Metoo o del solo sí es sí. En segundo lugar, no aprenden a controlar sus impulsos porque sus privilegios de macho están inscritos en su ADN masculino, y es compartido por los otros hombres, cómplices de los desmanes de los más burdos; es decir, porque tampoco hay un regulador externo eficaz. El caso Pelicot fue paradigmático para mostrar esta complicidad masculina, esta homosociabilidad de camaradas que se funden en una misma identidad de machos fálicos.
Es obvio que a los hombres les interesa más la opinión de otros hombres que la de las mujeres, rebajadas a priori a un lugar secundario. Por eso es tan importante que los hombres que quieren luchar contra esta tara que les mantiene anclados en el paleolítico se opongan abiertamente a esos otros hombres, que escriban sobre ellos, que denuncien su comportamiento, que no les rían las gracias.
Las conquistas del feminismo han infligido a los varones una herida narcisista por la que sangran; una ofensa que busca venganza. Los hombres precarizados, debilitados por los ideales de igualdad -si bien no por la igualdad real, a las pruebas nos remitimos- buscan refugio en una masculinidad que restituya su ego, y para recuperar sus privilegios han emprendido una guerra en la manosfera y en la escena política, asumiendo los disparates de la ultraderecha más antifeminista. Las mujeres somos su enemigo, mujeres que estudian, que buscan su independencia, que se gradúan casi en un 10% más que los hombres, que se colocan más a la izquierda que ellos, agrandando así una brecha económica e ideológica que conduce a muchas a un glorioso celibato voluntario (volcel) que no hace sino aumentar el odio feroz de los machos. Ay.
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