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Opinión | Pasado a limpio

Los Magos de Occidente

Trump acusa a Maduro de haber torturado a pesonas en Caracas

Trump acusa a Maduro de haber torturado a pesonas en Caracas / L. O.

Según la tradición, unos Magos guiados por una estrella llevaron a Jesús tres presentes que simbolizan su triple naturaleza: el oro para honrar a los reyes, el incienso para invocar a los dioses y la mirra para ungir al hombre mortal. En el evangelio de San Mateo, eran magos, sabios estudiosos de los astros. En su representación en el mosaico de San Apolinar el Nuevo de Rávena, en el siglo VI, no aparecen como reyes. Es entonces cuando se concreta el número de tres – en la tradición armenia son doce – y los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. La realeza y que el tercero sea de raza negra son posteriores al siglo IX.

Al contrario, los magos – ¿o deberían ser MAGAS? – de Occidente, Trump, Rubio y Pete Segseth, no tienen condición real, por más que alguno quisiera tenerla. Quizás sean magos, pero no precisamente estudiosos. El discurso de Trump es un paradigma en su especie. Los tres no llegan a tonto, porque tonto es un grado. Mi explicación no será un aburrido excursus sobre las artes oratorias.

Cualquiera que escuchara el sábado la rueda de prensa de Trump tras el secuestro de Maduro asistió al peor discurso que habrá oído nunca. Inconexo, incoherente, contradictorio, deshilvanado, deshilachado, disperso, confuso, ilógico, disparatado. Mariano Ozores hubiera rabiado de envidia. Es insuperable porque tuvo, además, un factor añadido: ¡estaba escrito y el pelopanocha se limitó a leerlo! El corolario de Marco Rubio no necesitó papel, porque él es abogado y ha sido senador. Admitamos, pues, que la Universidad Internacional de Florida donde egresó no garantiza una formación medianamente decente y que el Senado estadounidense no es lo que era. Parafraseando a Santos Discépolo en Cambalache, cualquiera es un señor, cualquiera es senador. Trump tiene el dudoso honor de hacer inteligente a George W. Bush, pues comparadas sus habilidades retóricas, éste al lado de aquél podría pasar por Cicerón. Al menos Bush hijo tenía el recurso de la lucha por las libertades y la democracia.

Pero los magos de Occidente tienen algo más. Al igual que los de Oriente, también llevan la ilusión. A los venezolanos exiliados y a los del interior que han sufrido al inefable Maduro, les ilusiona creer que ha acabado el régimen. De momento ni Corina Machado ni su testaferro Edmundo González parecen gozar de las simpatías de Trump. Las petroleras norteamericanas ya se frotan las manos pensando en el negocio que harán con las reservas de petróleo más grandes del mundo. El gran negocio de unos capitalistas son sueños de libertad para un país. Sabemos por Calderón de la Barca que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.

Los magos de Occidente llevan también tres valiosos regalos. Pero al contrario que los de Oriente, no los portan ellos, sino que esperan recibirlos de Venezuela. El oro negro venezolano es para los reyes del capitalismo, tan denso que unta irremediablemente a quien lo toca. Para refinarse ha de hacerse más líquido, como las voluntades que allanarán el camino a Trump para hacerse caballero andante, perdón, mangante.

Las tierras raras es otro presente que Trump espera recibir de un gobierno pelele. Equivalente a la moderna mirra, que servía para las ceremonias de purificación o la elaboración de perfumes. El control de las tierras raras es indispensable para el desarrollo y la primacía tecnológica. ¿Quién hace a las piedras pan sin ser el Dios verdadero?, preguntaba Quevedo. De las tierras raras, los gigantes tecnológicos harán muchos panes.

Si el incienso era para los dioses, los nuevos magos quitan y ponen gobiernos a su antojo, pues los reyes y los tiranos lo son por la gracia de Dios, perdón, de Trump. El nuevo incienso es el poder que otorga el uso de la maquinaria de guerra más sofisticada. La operación de tan estúpido nombre, «resolución absoluta», permite al convicto Trump mostrarse como el dueño absoluto del continente y advertir a todos que él está por encima de la ley.

La postura de Trump ante la ley le define como gobernante, porque el estadounidense ha violado los grandes principios del Derecho Internacional: No intervención en asuntos internos de un país soberano, prohibición del uso de la fuerza contra otro país, respetar la inmunidad e inviolabilidad de un mandatario extranjero, sea o no legítimo – Maduro no lo era, pero eso no compete decidirlo a Trump –. No menos importantes son la ilicitud de las ejecuciones extrajudiciales en aguas internacionales, el secuestro y extracción ilegal de personas en otro país soberano. Sería más rápido decir qué normas no ha vulnerado Trump, pues no se salva ninguna.

Por impresentable que fuera Maduro, que lo era en grado superlativo, déspota y tirano, los procedimientos y el respeto de las normas son esenciales para cualquier democracia. Quien piense lo contrario, debería repasar ciertos episodios de la Historia del siglo XX. La reacción timorata de la UE no sólo deja en evidencia su incapacidad y su irrelevancia en el contexto internacional. No reconocer la flagrante vulneración de los principios que Europa ha enunciado, propugnado e impulsado después de traumáticas experiencias, será signo de una penosa y frustrante insignificancia internacional.

Escucho la frase «un tonto arruina un pueblo» y recuerdo a Carlo M. Cipolla en Allegro ma non troppo, tendemos a infravalorar el poder destructivo de la estupidez. Cuanto más poder tenga un estúpido, será mayor su capacidad destructiva. Trump arruinará a la humanidad.

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