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Opinión | Tribuna libre

Hemos naturalizado el límite

Cuando una sociedad deja de imaginar, deja también de exigir

Imagen representativa de "límite".

Imagen representativa de "límite". / L. O.

Tras décadas oyendo que no hay alternativa, una parte importante de la sociedad ha asumido que la política está para gestionar lo que hay, no para transformarlo. No es una conclusión razonada, es una idea interiorizada. Repetida tantas veces que ya no se discute.

Hoy, cualquier propuesta que aspire a cambiar de verdad las condiciones de vida se enfrenta al mismo muro: no se puede. No se puede tocar el mercado de la vivienda. No se puede invertir más en sanidad o educación. No se puede reforzar la inversión social sin «romper el sistema». El límite no se debate, se da por hecho.

La vivienda es el ejemplo más evidente. Se nos dice que el precio del alquiler no puede bajar, que el mercado no admite correcciones profundas, que construir un gran parque de vivienda pública es irreal. Sin embargo, sí fue posible vender vivienda pública durante años, favorecer la especulación y convertir un derecho básico en un activo financiero. Lo que resulta imposible suele ser, casualmente, lo que redistribuye poder.

Con los servicios públicos ocurre algo similar. La sanidad y la educación se presentan como gastos a contener, nunca como pilares a fortalecer. Las listas de espera, la saturación de las aulas o la precariedad del personal se han normalizado como si fueran fenómenos naturales, no el resultado de decisiones políticas sostenidas en el tiempo. Se acepta el deterioro como paisaje.

La inversión social completa el círculo. Pensiones, dependencia, cuidados, infancia o políticas de igualdad se enmarcan siempre bajo la lógica de la escasez: no hay dinero. Mientras tanto, convivimos con beneficios empresariales récord, ventajas fiscales estructurales y un sistema que siempre encuentra recursos cuando el problema afecta a otros intereses. El límite aparece solo en una dirección.

El problema no es que la política no pueda llegar más lejos. El problema es que nos han convencido de que no debemos intentarlo. Que salirse del guión es irresponsable. Que aspirar a más es ingenuo. Y así, la política se reduce a administración de lo inevitable, no a herramienta de cambio.

Pero la historia reciente de España desmonta ese relato. Hubo un tiempo en que la sanidad universal, la educación pública, las pensiones o los derechos laborales también parecían imposibles. No lo fueron. Se conquistaron porque hubo voluntad política y una sociedad que todavía exigía.

Y aquí está la clave: cuando una sociedad deja de imaginar, deja también de exigir. La resignación se convierte entonces en la mejor aliada del inmovilismo. No hace falta imponer límites desde arriba si la gente los asume como propios.

Romper ese marco no es radicalidad; es democracia en sentido pleno. Volver a discutir qué puede hacer la política, y para quién, es el primer paso para que deje de gestionar lo que hay y vuelva a atreverse a transformarlo.

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