Opinión | La Feliz Gobernación
Parecidos razonables

El entonces presidente, Adolfo Suárez, vota a favor de la Constitución. En Madrid, el 31 de octubre de 1978
En 1973, ETA asesinó al presidente del Gobierno, Carrero Blanco. Se trataba del hombre al que Franco había encomendado la continuidad estricta de su régimen. Hay teorías, no del todo desautorizadas, sobre que la CIA tuteló aquella operación. En tal caso, se habría tratado de una intervención violenta de EE UU para impedir la prolongación del franquismo a la muerte del dictador. De hecho, Franco reaccionó con una enigmática frase: «No hay mal que por bien no venga», y nombró presidente a Arias Navarro, ministro de la Gobernación (hoy, Interior), que como tal era responsable de la seguridad de quien había sido asesinado.
Arias inició su mandato anunciando una reforma política en un discurso que fue bautizado como «el espíritu del 12 de febrero», primer intento de transición que fracasó por su tibieza, con Franco vivo. Una vez fallecido el dictador, ya con Juan Carlos en la jefatura del Estado a título de rey, Arias tuvo que dimitir tras ser señalado por aquél en una revista extranjera como «un desastre sin paliativos», y fue sustituido por Adolfo Suárez, que era el ministro secretario general del Movimiento, el partido único del franquismo, alguien que no se había destacado, de entre la clá del régimen, por introducir reformas democráticas.
Sin embargo, y para sorpresa de escépticos, que lo eran casi todos, fue quien legalizó los partidos políticos, incluido el PCE, dictó una amnistía, convocó un referéndum para la reforma y unas elecciones constituyentes y mediante amplísimo consenso con las fuerzas de oposición proclamó la Constitución. Suárez definió este proceso como un paso «de la ley a la ley». Para que la transición de la dictadura a la democracia pudiera darse de ese modo, es decir, mediante reforma sin ruptura, las propias Cortes franquistas debieron hacerse el harakiri en lo que constituyó una implosión no sin reacciones internas como la que supuso el intento de golpe del 23F.
Siempre se ha considerado que tanto EE UU como Alemania («ni Flick ni Flock», dijo Felipe González sobre la posible financiación por un fondo alemán de la socialdemocracia española) intervinieron e influyeron decisivamente en la instauración democrática española. De ahí que algunos consideren que la plena democracia se inicia con el triunfo del PSOE en 1982, siendo Ronald Reagan presidente de EE UU.
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