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Opinión | Boulevard Flandrin

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A las 00:05 del 1 de enero ya hay gente decepcionándose con entusiasmo. El año apenas ha abierto los ojos y nosotros ya estamos firmando contratos con el futuro: gimnasio, dieta, lista, reinicio. Como si cambiar el número bastara para cambiar la vida.

Yo también caigo. Me descubro deslizando el dedo por la pantalla: una noticia, un vídeo, una indignación prestada, un chiste fácil. Y luego digo que no tengo tiempo. Pero el año no empieza en el calendario.

Empieza en la atención: en ese gesto mínimo —casi clandestino— de decidir, sin decidirlo, qué miras, a qué le das minutos, qué te llevas a la cama. La atención es un mapa: acabas viviendo donde miras. Se nos va la vida en lo que miramos sin querer.

Por eso enero está lleno de colas. Cola al gimnasio, cola a la dieta, cola al propósito. La oficina del cuerpo, el Excel del ánimo. Una espiritualidad de rendimiento: si no mejora, no cuenta; si no se mide, no existe. Pedaleamos con auriculares como si fuéramos a algún sitio, cuando a veces solo estamos aprendiendo a aguantar.

Y alguien rentabiliza el cansancio: el gran negocio de la década no es la tecnología, es la prisa. La prisa es la gasolina de la economía del clic: cuanto menos piensas, más reaccionas; cuanto más reaccionas, más ‘rentable’ eres.

Conviene decirlo sin consuelo: la prisa no es un defecto, es una disciplina. Se aprende, se entrena, se premia. Te acostumbra a vivir en modo respuesta, a confundir urgencia con importancia, a saltar de estímulo en estímulo con la sensación de estar ‘al día’ cuando en realidad solo estás disponible. Llamamos ‘estar al día’ a estar disponibles para cualquier cosa menos para nosotros. Produce sujetos útiles: reactivos, cansados, previsibles. Eso es lo que se compra con prisa: obediencia.

Y aquí lo incómodo: la atención no es íntima. Es política, porque es el presupuesto de lo común: financias con minutos lo que luego te gobierna. Donde pones los ojos, pones el mundo.

La crueldad lo ha entendido: funciona como sistema de recompensas. Humillar sale barato y parece ingenioso; simplificar da sensación de mando; gritar se confunde con liderazgo. La crueldad trabaja como un berbiquí: no necesita golpes; le basta con girar. Perfora el matiz, abre un hueco pequeño en la conversación… y cuando el hueco está hecho, vivimos alrededor como si fuera paisaje.

¿Y la bondad? Palabra sospechosa: suena a homilía y a anuncio de banco. Pero si la rascas, no es un sentimiento: es un sistema. Cuidado, cooperación, límite: cosas poco sexys, casi invisibles, que sostienen lo demás. Ponerla ‘de moda’ no es imprimirla en una taza: es retirar el premio a la crueldad, devolver prestigio al matiz y tratar la conversación como un bien público.

No hay inocencia en la atención: es el primer reparto de lo común. Lo que sostienes con minutos acaba convirtiéndose en norma. Y lo que abandonas, también. Elegir mejor a qué le regalas tu mirada. Porque el mundo también se fabrica con eso que miras por inercia, cuando jurabas que solo estabas matando el tiempo.

Feliz año nuevo.

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