Opinión | El retrovisor
Fran de Copenhague
Morir en un asilo de ancianos desamparados siempre resulta triste, y lo es más cuando el difunto fue en vida un gran artista, un gran dibujante que con su fantasía y arte llenó las horas de generaciones de chiquillos y menos chiquillos españoles. Ramón Sabatés i Massanell, uno de los mitos sagrados del mundo de las viñetas, moría en Barcelona el 19 de enero de 2003 a los 87 años de edad.
Sabatés fue colaborador de la revista TBO desde su época de colegial, la que editara Buigas, Estivil y Viña desde el año 1917. Ilustrador de libros infantiles e historietas para editoriales extranjeras. Por su profesión de perito mecánico se le confió la sección de Los grandes inventos del TBO que creara el dibujante y también perito mecánico Nit en los años 30 del pasado siglo, sección a la que Sabatés supo imbuirle una gracia especial contribuyendo con ello a la popularidad de la página desde los años 60 en los que aportó semanalmente un nuevo e ingenioso invento.
La desaparición del dibujante sigue empujando a registrar en el pasado y con ello encontrarnos de nuevo con el profesor Franz de Copenhague y sus estrafalarios inventos, un viaje al país que se encuentra al otro lado del propio espejo. Viaje eficaz, donde el curioso jinete de nuestros recuerdos pertenece a la época dorada de una publicación que se erigió, desde mucho antes de la guerra civil, en prototipo de las revistas de historietas, hasta el punto que de su nombre surgiría el genérico famoso con que estas publicaciones se conocerían entre nosotros. El anagrama del barbudo señor, con la pinta convencional de un sabio decimonónico, meditando sobre el invento de rigor nos abre las páginas de aquel mundo que vivimos vestidos de domingo, a la salida de la misa de doce, nos acerca de nuevo al puesto de periódicos, en el que tomaban vida El Capitán Trueno, El Jabato, Sigur el Vikingo y, por supuesto, y como mandaba la tradición los mil personajes que ofrecía el TBO. Fue allí donde descubrí embobado el arte fresco y descarado de Ricardo Opisso; la dulzura de la familia clásica española, la de Ulises Higueruelo o al explorador Morcillón y su compañero inseparable, el negrito Babalí, fruto de la destreza narrativa y de la plumilla de Benejam. Pescuezo Largo competía entonces con el profesor Franz de Copenhague y sus locos artilugios que en sus distintas épocas vinieron dados por su creador Nit, F. Tur, Tínez, Benejam y por último Sabatés; monstruos sagrados del dibujo sencillo y expresivo que compartían papel con los desgarbados personajes de Coll, Urda y Moreno en la publicación humilde, de perfume encantador y de una fuerza de evocación de una época que necesariamente ha de parecernos nuestra prehistoria a pesar de quedar tan cercana. Mecanismo y absurdo que nos hizo disfrutar en aquel país de cada uno, el que se encuentra en la otra cara del espejo.
Sonreír ante la máquina trasladable para coger higos chumbos; los zapatos familiares que permitían el ahorro, el regulador alimenticio canino; la hamaca aérea ‘confort’, muy adecuada para los nuevos ricos y para toda aquella persona que deseara pasar unas vacaciones de reposo absoluto; la bicicleta refrigerante para viajar durante los días calurosos. La máquina moderna e higiénica para humedecer sellos; el sistema ‘Merki’ ideado por Franz de Copenhague para forzar a las gallinas a poner huevos, invenciones bizantinas y locos personajes que nos dieron vida en los soleados domingos de invierno, en la vacación colegial de los jueves por la tarde.
Tebeos manchados por el chocolate de la merienda, dibujos eternos grabados en la memoria; fantasía que logra disipar la muerte mísera de los artistas que como Ramón Sabatés nos enseñaron a sonreír ante una vida, que sin saberlo nos venía al encuentro. Quizás por ello, Franz de Copenhague siempre será eterno.
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