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Opinión | Grullas de papel

Sonidos de una flauta mágica

El árbol Yggdrasil

El árbol Yggdrasil / L.O.

El justo mérito

Vecina de la muerte llama Celestina a la vejez. El horror que causa la disminución progresiva de fuerzas y facultades no tiene discusión. Don Quijote lamenta la pérdida de sus dientes porque le hace ser un poco más viejo y Quevedo habla de su boca saqueada por los estragos del tiempo. Cuando san Isidoro habla de las edades del hombre recuerda el color de las canas y sus tristezas; concede que la edad ha contribuido a acrecentar la verdadera sabiduría, aquella que tiene que ver con la aceptación del dolor, del destino y la pérdida. La vejez es el último mal que conduce indefectiblemente a la liberación a través de la muerte. San Isidoro considera que existen tres formas de morir según el momento de la existencia. La muerte es acerba en el caso de los niños, cruel e incomprensible, carente por completo de sentido; prematura en el caso de las personas aún jóvenes cuya existencia se ve abruptamente interrumpida, y que hubieran podido vivir plenamente aún muchos más años; y por último, hay una muerte coherente, justa, liberadora, aquella que situamos en las postrimerías de una larga vida, es la muerte que pone fin a la vejez. Isidoro emplea la palabra latina «merita», que hace pensar en una muerte por premio, es decir, por «mérito», después de una larga vida. Como el albergue en mitad de la ventisca, la muerte es la mano amiga que nos acoge.

Yggdrasil

Yggdrasil

El enfermo sanado

Durante la XII Dinastía Egipto sufría. Las gentes se enfrentaban entre sí. Los gobernantes luchaban unos contra otros, el pueblo padecía calamidades. Alguien cuyo nombre no conocemos, dialogaba con su alma golpeada por el sufrimiento, dijo que contemplaba la muerte como un enfermo que desea su curación, igual que un prisionero espera la hora de su liberación.

—Muerte, ven ahora y mírame.

Es Áyax, hablando con la voz de Sófocles

A la sombra del tabernáculo

Cosmas Indicopleustes antes de ser monje había sido comerciante. Gran viajero, llegó casi a los confines del mundo. Había leído mucho, gozaba de cultura, de conocimientos prácticos y comerciales. Abrazó hacia el final de su vida las arenas del desierto y se retiró del mundo para morir como monje. Allí, tan cerca de la Biblia como lejos de Aristóteles o Ptolomeo, se obstinó en negar la esfericidad de la Tierra. Antes bien, la contemplaba según la imagen que de ella había transmitido Moisés, rectangular y en todo semejante al tabernáculo de Yavé. Todos lo silenciaron. Olvidaron su obra, sus opiniones, sus palabras. Los eruditos lo reencontraron sólo mucho después. Odiaba la cultura de los griegos, y odiaba a los cristianos cultos. Decía que sus opiniones eran como casas o edificios flotando en el aire, carentes de fundamento o sustentación y que jamás llegaban a alcanzar el cielo. Veía el mundo a través de su obstinación.

Papageno

Papageno en su ignorancia no tenía la cabeza llena de pájaros, él mismo era, por partes iguales, ave y ser humano. Lo que hace de él un ser adorable, un digno compañero de aventuras, alguien merecedor de amor, es precisamente su condición aviar, su plumífera y cómica existencia, algo que lo distancia del común de los mortales, de los héroes o de los villanos y hasta de las divinidades ancestrales. Papageno es el verdadero héroe de La Flauta Mágica, su nombre viene antes a los labios del moribundo, y escuchamos sus silbidos y gorjeos antes que aquella elaborada aria de la tenebrosa Reina de la Noche. La paz sea contigo, Papageno. Tienes la misma bondad enmascarada de simpleza por la que los ancianos, al final de sus días, regresan a la niñez.

El árbol Yggdrasil

El árbol Yggdrasil / L. O.

Yggdrasil

Existe un árbol prodigioso llamado Yggdrasil. Dicen que es enorme y que llega hasta el cielo; su bóveda sin él se hundiría; caería sobre la tierra, su colapso destruiría todos los mundos que existen: el de los dioses y los elfos, el de los hombres y los espíritus. Mímir se llama el dios que lo protege de los ataques de una serpiente gigantesca que lo asedia. Un día Wotan quiso beber de las aguas que corren a los pies de Yggdrasil; de ellas obtendría la sabiduría de todo el universo, así sería el rey sobre dioses y hombres. En pago, sacrificó su ojo izquierdo al dios custodio. La sabiduría que obtuvo fue, por tanto, tuerta, lastrada, medio ciega. Wotan acabó cansándose de ejercer el poder, renunció a su misma voluntad. Deseaba no desear, quería no querer. Llamó a Erda, la diosa más antigua de todos los inmortales, para ofrecerle el mundo a ella. Pero Erda lo rechazó y el dios tuvo que cerrar su único ojo para hundirse en la oscuridad profunda y aniquiladora de la nada.

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