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Opinión | De dioses y de hombres

Año viejo, año nuevo

Detalle de una de las ilstraciones de J.C Leyendecker para 'The Saturday Evening Post'.

Detalle de una de las ilstraciones de J.C Leyendecker para 'The Saturday Evening Post'. / L.O.

Nunca el arte es ajeno, de una u otra forma, al tiempo que lo alumbra. Pero existen determinadas obras o artistas que ejemplifican o se mimetizan a la perfección con un periodo de la historia. Artistas que resumieron un tiempo, o que alumbraron, incluso, una forma determinada de habitar en éste.

Inauguramos año y despedimos otro que, entre balances y buenos propósitos, nos incardina inexorablemente hacia la voracidad de esos más de quinientos mil minutos que llamamos, ahora, 2026. El tiempo siempre ha sido motivo de inspiración para escritores, poetas, músicos y artistas en general. El tiempo nos forma, define, o como diría enigmáticamente el genial escritor argentino Jorge Luis Borges: «El tiempo es la materia de la que he sido creado».

Todos conocemos que Estados Unidos se crea a finales del siglo XVIII, tras la Guerra de Independencia estadounidense, y que el primer movimiento artístico que compartió con la vieja -y admirada- Europa fue el Neoclasicismo. Pero no fue hasta el siglo XX, cuando el titán norteamericano alumbrará al resto del mundo con artistas y movimientos propios, singulares, especialmente en la segunda mitad de la centuria. Sin embargo, existen excepciones; entre ellas la de un artista que brilló con una fuerza inusitada. Un creador nacido en Alemania, pero criado y educado en Estados Unidos desde los ocho años. Un hombre que vivió y plasmó las mieles y promesas del nuevo hombre frente a la vida moderna, tan americana pocos años después. Aquella promesa de felicidad urbana y doméstica que se gestó durante el modernismo y que, de diversas formas, forjó los cimientos del flamante y contradictorio siglo XX. Me estoy refiriendo al celebrado ilustrador Joseph Christian Leyendecker: alma mater de la ilustración y del diseño editorial.

Leyendecker, formado entre Chicago y París, vivió la transición de los siglos XIX y XX siendo ya un reconocido artista. Sus poderosas imágenes acompañaron a la sociedad norteamericana prácticamente hasta los años cincuenta. Sus ilustraciones calaron tan hondo en la sociedad que, incluso, fueron modelos a los que sus contemporáneos trataron de emular. Baste recordar que la creación del hombre publicitario para la marca de ropa Arrow Collar causó furor entre los hombres y mujeres de los felices años veinte. El artista plasmó de forma genial esa nueva vida que hacía crecer vertiginosamente las ciudades; unos cambios apabullantes que revolucionaron al hombre más de lo que había acontecido durante largos siglos. También los rompedores cambios en el vestir femenino no quedaron ajenos al trabajo del ilustrador; sus mujeres oscilaron entre el glamour del vestuario finisecular y las nuevas prendas que Coco Chanel ponía de moda.

Me van a permitir que, por encontrarnos en las fechas que estamos, comente determinadas obras del artista. En el año 1900, la revista Success Magazine contó con una portada del ilustrador para su edición de Navidad. Leyendecker presentó un dibujo -con planteamiento de friso- donde los tres Reyes Magos, rodilla en tierra, ofrecen sus regalos a un Niño que no vemos. Una portada llena de la sensualidad propia del modernismo, donde un tema tan sumamente tratado como la Epifanía era representado de una manera realmente novedosa. También debe, en gran medida a este artista, el propio Santa Claus su imagen. Aunque la representación de este ya tenía mucho de lo que actualmente asociamos a él de la mano de Nast, fueron las campañas publicitarias y las ilustraciones para The Saturday Evening Post las que consolidaron la imagen moderna - asociada a la sociedad de consumo- del versionado San Nicolás de Bari. Artistas posteriores como Rockwell y Sundblom continuaron con su ejemplo.

Para la revista anteriormente citada, J.C. Leyendecker realizó, cada año nuevo, una ilustración en la que un bebé era metáfora del nuevo tiempo entrante. Esta «tradición» se mantuvo desde 1906 hasta 1943, año en el que ese niño aparece destrozando una esvástica. En la publicación de 1911 el artista realizó una de sus más célebres portadas, es la imagen que acompaña a este artículo. En la pintura, un anciano -con ecos de Saturno- dialoga con un niño; entre ambos: la genial y conocida metáfora de un reloj de arena. El artista creó una imagen poderosa que bebe en gran parte de la tradición de las Vanitas barrocas o de Las Edades de la Vida. Más de trescientas ilustraciones del artista llenaron las páginas de esta icónica revista americana. Casi nunca fue ajeno a lo que sucedía a su alrededor como las Guerras Mundiales, el voto femenino o algunos avances científicos.

Celebremos el año que acabamos de inaugurar de la mano del arte: presente y pasado; siempre cautivador y fascinante. Feliz año nuevo, amigos lectores, feliz año nuevo para los amantes del arte y la cultura.

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