Opinión | Tribuna libre
La protección de menores y el descarrilamiento de la política
Hace décadas, Felipe González habló del error que supondría un desplazamiento hacia el rojo de la política española, un concepto que extrajo de Historia del tiempo, de Stephen Hawking. En 1985, el político socialista había girado ya hacia un pragmatismo a lo Deng Xiaoping con ese famoso proverbio que venía a decir que «gato blanco o negro, lo importante es que cace ratones». Ocho años antes, González defendió que había que ser socialista antes que marxista, sumándose a esa tradición socialdemócrata no marxista que tanta prosperidad había reportado a la Europa de los «treinta (años) gloriosos».
La Gran Recesión de 2008 no supuso ese temido deslizamiento hacia la izquierda de las demandas sociales, al menos no con el suficiente apoyo electoral para romper con las cláusulas económicas del Consenso de Washington, es decir, del neoliberalismo imperante. Sin embargo, ese desplazamiento hacia el centro, que tanto agradaba a González y a un PP reorientado hacia el europeísmo y un alineamiento democristiano imperfecto, tampoco se produjo. O sí, pero el tren no paró en la Estación Centro: siguió su trayecto con pérdida de frenos y un aceleramiento incontrolado hacia el pardo.
El tren sigue sin detenerse. Estamos en diciembre de 2025 y lo observamos al pasar con imágenes que se devoran a sí mismas. Y esto es terrible: cerca no hay un campo de concentración, ni fábricas de trabajo forzado, ni grandes cementerios bajo la luna —que me perdone Bernanos—, y sí mucha, demasiada, gente ofendiéndose porque creen que defender la clausura de centros de menores no es ser racista, o que considerar que determinados extranjeros son ladrones, violadores e integristas es una constatación histórica, o si no histórica, sí al menos demostrada en X y otras redes sociales.
Vivimos un deslizamiento hacia el pardo y el resurgimiento de unos valores eternos e inamovibles que tanta desgracia han traído a la Humanidad, el Ur-Fascismo del que nos habla Umberto Eco en su conocido ensayo. Nada se repite como farsa: los monstruos del interregno son reales; los del descarrilamiento del tren se cuentan en muerte, tortura, desplazamientos forzados de poblaciones enteras por carreteras rodeadas en su recorrido de alambre de concertina.
Tal vez por todo lo escrito hasta ahora, por ese pasado terrible que fue derrotado —y se creyó que definitivamente— en la Europa de 1945, hiela el corazón contemplar cómo se oculta vergonzosamente, publicándolo en el lugar más apartado del BORM y en uno de los días de menos actividad política partidista, el 26 de diciembre, que la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia ha comprado tres viviendas en el municipio de Murcia para la protección de menores, incluidos los extranjeros no acompañados, para que la Consejería de Política Social, Familias e Igualdad siga ejerciendo sus competencias legales.
¿Y qué tiene que ver esta adquisición inmobiliaria, se preguntará el lector, con Felipe González, el PP, el Consenso de Washington, el racismo y la xenofobia, el desplazamiento hacia el pardo de la política o las hecatombes del siglo XX? La respuesta es sencilla: el miedo y la vergüenza con la que se oculta el ejercicio de las obligaciones internacionales derivadas del nuevo orden internacional surgido de las cenizas del mundo de 1945 (la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Declaración de los Derechos del Niño, el Convenio de La Haya…). Vivimos un desplazamiento hacia el pardo de los valores sociales dominantes y un cuestionamiento de los valores de las democracias liberales, y de la autoridad moral del liberalismo y de su defensa, en el sentido del que teorizó Judith Shklar, como autoprotección de los débiles ante los grandes totalitarismos. Y sus defensores naturales están acobardados.
Todas las decisiones, todas las inhibiciones, sean locales, nacionales o internacionales, tienen sus consecuencias: desde postergar la compra de tres viviendas por cálculos electorales, obviando las obligaciones internacionales, hasta no responder a una guerra de conquista. Es lo que entendió el pastor alemán Niemöller: cuando vienen contra alguien, terminarán viniendo contra todos, y cuando el tren se pone en marcha ya no hay retorno posible. Cada estación formará parte del Vía Crucis de la destrucción de la política como defensa de los débiles.
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