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Opinión | ESTE HUMANO DESORDEN

Las estaciones saben que vamos a morir

La primavera sabe que vamos a morir. Por eso florece siempre con esa prisa infalible en los cerezos. Intuye a la vez el oro breve de nuestros corazones y el cinturón de sombra que todos llevamos atado a los tobillos como un Sísifo a su piedra. Sabe que moriremos, pero no nos lo dice, nos envuelve en una luz radiante y en un perfume de olvido. Su compasión consiste en distraernos con flores y colores, como quien distrae a un niño mientras detrás la casa arde entera sin daño, muy despacio. Hay un momento a finales de febrero en que los almendros se ponen bíblicos y hermosos, pero también hay tardes de primavera muy melancólicas que escriben en el aire una advertencia, una premonición, un mensaje minúsculo que solo entienden quienes han llorado alguna vez por nada. Ese aire nos toca a veces como si ya estuviésemos ausentes. Por eso la primavera inventa pájaros que dibujan órbitas imposibles como si fueran arquitectos de una alegría que no termina nunca en la dulce ficción del continuar, pájaros preciosos que mantienen encendida la lámpara de existir. El mundo entero está hecho de adioses lentos y la primavera es la primera en entenderlo. Ve cómo nos empeñamos en parecer eternos y nos inventa verdes todavía más verdes, verdes como pequeños sobornos infinitos.

Los veranos

Los veranos también saben que vamos a morir. Lo saben con una sabiduría más insolente, más calcinada, más dispuesta a desenmascararnos Y, sin embargo, nos sonríen. El verano sabe escuchar la fatiga del mundo y nos ofrece días interminables. El verano es el gran contador de historias frívolas y exquisitas. Observa cómo envejecemos de un año a otro: un pliegue nuevo en la frente, un brillo más cansado en la mirada, un pensamiento que ya no es tan lúcido. Los veranos son expertos en vernos envejecer sin decirlo, pero también nos ofrecen la ilusión de la eternidad, el horizonte azul, el mar que repite el gesto de las olas, el olor de la fruta madura, toda esa belleza que nos visita precisamente porque somos efímeros. Pero tal vez lo más poético de todo es que el verano no nos reprocha nada y siempre nos despierta algo primordial: el deseo. El verano sabe que mientras deseamos estamos vivos. Sabe que la piel dorada, el sudor, el ansia de meternos en el agua y los besos en la boca nos devuelven a lo que somos: criaturas que arden con delicia precisamente porque no arderán siempre. Los veranos son testigos mudos de nuestro incendio y de nuestra ceniza.

Los otoños

Ninguna estación se atreve tanto a mostrar la belleza del morir como los otoños. Saben que moriremos con una delicadeza sacerdotal y litúrgica, como quien ha comprendido el secreto de los seres no por el estrépito, sino por el lento proceso de apagarse una luz. Saben que algo en nosotros está siempre desnudándose como los árboles pierden las hojas. Él lee todos los testamentos de la Tierra. Escucha el temblor de las cosas que parecen murmurar un idioma hecho de pérdidas injustas, pero necesarias. Escucha incluso nuestro silencio. Los colores del otoño son el gran ensayo de la despedida antes de que la carne se nos muera. Y cada hoja que cae es una enseñanza que se nos ofrece gratuitamente. Y el otoño nos lo dice con el último destello de un pensamiento verdadero. Reconoce nuestra vulnerabilidad. Nota cómo en la tarde buscamos abrigo sin darnos cuenta, cómo un soplo de aire frío puede llevarnos a un recuerdo precioso que creíamos olvidado. El otoño nos mira acercarnos a nuestro propio invierno con una ternura que no juzga. Y aun así, o tal vez por eso, el otoño nos regala una belleza que duele un poco más que las demás. Nos ofrece una luz oblicua y un olor a leña temprana, a algo que ha sido y ahora se retira sin rencor.

El invierno

Sin embargo, el invierno no se disfraza, no adorna, no finge. Es la estación que nos ofrece sin maquillaje el rostro original del mundo. Por eso su conocimiento sobre nuestra muerte es más severo, directo como un dios antiguo que no necesita hablarnos con parábolas. El invierno nos ve encogernos, observa cómo el cuerpo busca abrigo y cómo nos detenemos un minuto más mirando por las ventanas, pensando siempre eso que no decimos nunca.

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