Opinión | Pan para hoy
Serbios en mi piso

Una manifestación en Belgrado / L.O.
Visité Polonia cuando San José me construyó un puente. Allí conocí a chavales de muchos lugares. Se anunció entonces que la final a cuatro de la Champions League que disputaba el UCAM Murcia CB iba a celebrarse en la ciudad de Belgrado, noticia a la que también accedió un grupo de serbios que conmigo estaba.
El más valiente me ofreció su casa, y como los serbios hablan en serio, allí acabamos mi hermana y yo la pasada primavera, hinchándonos con las viandas que la madre de Dušan nos preparaba. Llegamos a desayunar macarrones gratinados.
Para ellos era Domingo de Ramos, aunque en España ya habíamos echado el alboroque de la sardina. Jamás me he sentido más pequeño, y comprendí entonces por qué nos aplastaba Yugoslavia.
Loco por la pelota naranja, las aventuras del Partizan de Belgrado por suelo español le han servido como excusa a él y a dos de sus correligionarios, Matija y Luka. Madrid, Valencia, Barcelona y Alicante, donde les recogí en un automóvil diseñado para espaldas occidentales que, pese a contar solo con cuatro itinerantes, pareció por un momento el coche de los payasos.
El esfuerzo heroico de la máquina nos llevó al centro de Murcia, donde conseguí aparcar a la primera un sábado de Navidad pese a la oposición de El Corte Inglés.
Es cierto que esperé detenido a que saliera el coche al que reemplacé durante algún tiempo, pero uno se siente menos intimidado por los pitidos del conductor de atrás cuando viajan con él tres armarios eslavos de casi 1,90. Cenamos en El Tío Sentao mientras charlábamos de geopolítica, como manda el protocolo internacional.
Los ecos de aquellas terribles guerras que aún amargan la convivencia en los Balcanes llegan incluso a nuestra tierra. Es por ello que mi amigo Miguel creyó, por un momento, en peligro el mobiliario de su casa, aunque finalmente les dejó a todos pasar, dando paso a una noche canónica.
Murcia nos regaló una mañana de chaquetilla, recibida como una bendición por gentes condenadas al frío. Debe ser extraño ver por primera vez 15 patas de jamón colgando del techo. Algo así debió sentir el primero que vio el fuego. Les obligué a probar el gazpacho, tan típicamente navideño.
Opusieron cierta resistencia, malacostumbrados a esa cosa que llaman ‘sopa de tomate’, que empaña el limpio nombre de mi querida poción vitamínica.
Entiendan que es una palabra difícil de pronunciar, por lo que optaron por renombrarlo como ‘paraíso’. La Manga y Cabo de Palos precedieron a Cartagena, que sigue igual de impresionante que la dejaron los romanos. Buena críos, mostrándose siempre interesados por nuestra tierra desde un profundo respeto. Da mucho gusto tener amigos, y mucho más cuando merecen la pena.
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