Opinión | Las trébedes
Atontolinarse o no

Mirando alrededor, cabe plantearse si atontolinarse es incluso una opción vital. / Freepik
Entre las cosas que uno tiene que plantearse alguna vez en la vida está si conviene o no atontolinarse, sea momentáneamente o permanentemente, vaya colección de ‘ees’, parece el balbuceo del atontolinado.
Como toda decisión trascendental sobre el propio estar en el mundo, esta ha de fundarse en una adecuada deliberación previa que tenga en cuenta seriamente los fines y las consecuencias de la acción, aunque sean solo para uno mismo. Y así encontramos motivos y fines que podrían perfectamente justificar la decisión de atontolinarse. Por ejemplo, para no sufrir ante agresiones, que ofende quien puede, no quien quiere, o así debiera ser.
También puede convenir atontolinarse por desidia, por pereza, si uno no tiene ganas de pensar siempre puede ‘abudizarse’ y dejarlo pasar sin hincarle el diente a cualquier asunto espinoso. O bien por aburrimiento o cansancio, por hartura, que puede ser de las pendejadas de los que lo rodean a uno o de las de otros con más poder y mando en plaza, frente a las que, aun a sabiendas de que no le conviene a medio y largo plazo, se deja uno caer en la tentación del atontolinamiento. Otras veces es acertado atontolinarse para evitar problemas o discusiones, porque si uno hace ver que no entiende, es poco probable que el listo o enterado de turno se moleste en pavonear su ‘sabiduría’ ante un tonto de solemnidad. En este caso, es el atontolinamiento una forma inteligente de librarse de esta gente ‘abrasadora’.
Para evadirse de responsabilidades u obligaciones, para escaquearse. Si uno se hace el tonto, recibirá menos encargos en reuniones familiares o de otra índole, así como en el trabajo, porque no es infrecuente que la vida sea más fácil para aquellos a quienes no vale la pena encargarles una tarea si de antemano se teme que la harán mal.
El atontolinamiento puede acaso funcionar como refugio aparente ante los malos augurios o ante amenazas más o menos cercanas o graves, haciendo como que no van con uno, negándose a querer enterarse, como si no existiendo en su mente no existieran en la realidad. Otra forma popular de expresarlo es ‘esconder la cabeza debajo del ala’, definición clara del atontolinamiento voluntario.
Hay un atontolinamiento que se practica por vergüenza, sobre todo ajena, cuando solo hay dos opciones: o atontolinarse y aguantar el chaparrón, o romper la baraja y quedar a la intemperie. Es típico de quienes militan en un partido y ven ciertos comportamientos en personas que gozaron de su confianza y apoyo; o bien de los empleados que ven a sus jefes hacer el ridículo tomando decisiones claramente erróneas. Como es un hecho que por desesperación se puede hacer casi cualquier cosa, importa evitar la pérdida total de la esperanza, de modo que si hay que atontolinarse para conservarla, sea.
Hay fines o motivos que parecen de conveniencia más dudosa, como cuando uno se atontolina para encajar en un grupo (algo frecuente en la adolescencia o primera juventud), o bien con algunas familias políticas. Afortunadamente, estos atontolinamientos se pasan pronto. Y no se atontolina uno por edad, porque los efectos de la edad más bien suelen agudizar lo que ya había de base. Cosa diferente es que uno no hubiera reparado en esa base (por estar atontolinado) y entonces le sorprende que fulanito o menganito es que ‘son’ tontos, no que ‘estén’ atontolinados. Lo segundo puede tener remedio; lo primero, no.
Mirando alrededor, cabe plantearse si atontolinarse es incluso una opción vital, a la vista de que hay quien domina de tal forma el arte del atontolinamiento que, pareciendo tonto, jamás pierde oportunidad de sacar buen provecho. Estos son los más despiertos, si bien su atontolinamiento es tan natural que son tenidos por tontos de remate por otros atontolinados impenitentes.
Ahora bien, tal vez uno pueda atontolinarse sin darse cuenta, como la dichosa rana se cuece sin percatarse del calor (vulgar versión de la inteligente paradoja de Aquiles y la tortuga). Esto no tendría mucha gracia, pero como será el último en enterarse, se le dará un bledo haberse mudado al barrio de los tontos, y tan a gusto.
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