Opinión | El retrovisor
Prisioneros del tiempo
La especie humana se angustia ante el problema del tiempo, pero, ¿existe el tiempo?

Otro tiempo: vista de la Glorieta de España, en los años sesenta. / Archivo TLM
Se nos va un año y llega uno nuevo. Doce meses de término tiene marcados, y hará de nosotros lo que le plazca. A unos dará odio, y a otros amor. A unos, esperanza; a otros, desaliento. Repartirá a voleo gloria y miserias, bienes y males; la salud y la muerte. Y su capricho será tanto más cruel, de forma implacable, en las cosas menudas de nuestra existencia individual: en las canas, la calvicie, en el color de las mejillas y de las modas, en el fruncido de las arrugas alrededor de los párpados; en la pesadumbre de nuestros miembros, en la ligereza de nuestros sueños… Todo en la tierra sufrirá transformaciones, pero un Año Nuevo que se inicia con resaca, está obligado a lanzar al espacio sus radiantes volutas de promesas.
Nos fiamos de todo lo que es nuevo, de todo lo que parece inusitado, y desconfiamos de lo que es viejo, de todo aquello que en el discurrir de los días ha sincronizado con la sistemática labor que tiende al decaimiento. Vuela el optimismo ante un tiempo nuevo que se abre. Por eso la Nochevieja es jaranera y bulliciosa, cuando debiera ser triste ante un tiempo que se va para no volver. Los años nos vapulean con su desfilar vertiginoso y con la incertidumbre que sus días encierran.
A más años vividos, más velocidad adquieren los años, los meses, las semanas y los días. El tiempo pasa raudo, aunque en la juventud nos engañe con su paso lento y confiado. Al nuevo año no hay que mimarle, no hay que darle excesiva importancia; hay que exigirle, por lo menos en esas cosas generales que a todos favorecen, aunque sea mucho pedir: salud, que sea pacífico, que haga llover con abundancia y oportunidad, que todos tengamos trabajo y un techo donde cobijarnos.
Sí, las hojas del almanaque se desprenden lentas en la juventud y como llevadas por un vendaval en los que han superado el umbral del otoño de la existencia. Cada año es un acto de la comedia de la vida. Una comedia sin descanso, de la que cada cual somos protagonistas. Cuando celebramos con alegría desbordada el paso de un año al siguiente, cuando lo que verdaderamente deseamos es un entreacto indefinido. Y subrayamos el contraste de un año con otro para hacernos la ilusión de que nos detenemos un poco a vivir sin temores.
La especie humana se angustia ante el problema del tiempo, pero, ¿existe el tiempo? Puede que este sea el primer gran drama del hombre, el de no poder verle la cara al más implacable de sus enemigos. Porque el tiempo, que nos trae a la vida en su regazo, que nos sorbe la juventud, que nos envejece, nos mata y nos disuelve los huesos, no podemos verlo, ni sabemos con certeza lo que realmente es. Quizá sea el espejo el único que nos hable realmente de nuestro tiempo, el propio, el que a cada uno nos ha tocado vivir. De niños jugábamos a imaginarnos de viejos ante el reflejo del cristal, descubriendo en él, con el paso de los años, nuestra decadencia inexorable.
De manera sigilosa, como para pillarnos desprevenidos, se nos presentan los años, uno tras otro, sin descanso, sin tregua. Cuando queremos darnos cuenta, abrimos los ojos atónitos ante la cifra del año nuevo que nos viene encima, el que se nos presenta, fresco aún en nuestra mente el número de la cifra del que se nos va.
Nombres, vivencias, hechos acaecidos, catástrofes, grandezas y miserias se convierten de manera obligada en recuerdos, los que dan fundamento a la vida individual y colectiva convirtiéndolos en historia.
Se va 2025, el año del cincuentenario de la muerte de Franco y la instauración de la monarquía de nuevo en España. Habrá que exigirle al nuevo año la prohibición de traernos desventuras. Incluso pedirle con ganas, la suerte, y que como poco, nos quedemos como estamos.
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