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Opinión | Tribuna Libre

La otra meta

El 31 de diciembre, cuando crucemos meta, estaría bien recordar que el progreso de una región no se mide por el tiempo de una carrera, sino por cuánta gente llega, de verdad, al final de mes

Una imagen de la San Silvestre de Murcia, en 2024.

Una imagen de la San Silvestre de Murcia, en 2024. / Juan Carlos Caval

Llega fin de año y las campanadas vuelven a ocupar el centro de atención en la noche del 31. No se trata solo de uvas, disfraces, música, sino de esa sensación compartida de ‘empezar de cero’, antes incluso de que termine el año.

Todo eso está bien, pero el problema aparece cuando la foto se confunde con la realidad. Porque, mientras que unos nos comemos las uvas en la Plaza de España, hay más de medio millón de personas en la Región que no cierran el año con un brindis, sino calculando los euros para pagar el alquiler de su vivienda. El año pasado el 32,4% de la población murciana se situó en riesgo de pobreza o exclusión social (Arope), 1,9 puntos más que el año anterior —35.000 personas adicionales—. Murcia queda entre las comunidades más afectadas, en un deterioro que ya no puede maquillarse con luces de Navidad.

No todos comenzamos el año de la misma manera, pues hay quien arranca con una mochila que pesa demasiado y que le genera una desventaja, y más si eres mujer. El informe Arope lo pone de manifiesto: la franja femenina de este alcanza el 34,3% frente al 30,4% masculina y la infancia es el dato que debería avergonzarnos como sociedad, con un 45,0% de menores en Arope. No se debería ver como un ‘colectivo vulnerable’ y abstracto; se trata de niños que crecen con frío, con menos ocio, menos salud, menos expectativas.

Y no es solo la falta de empleo, ya que se da la paradoja de que el empleo, en numerosos casos, ya no protege frente a la pobreza. Foessa advierte de una precariedad laboral ‘normalizada’ que afecta al 47,5% de la población activa en España —11,5 millones de personas—.

Murcia, además, sostiene este empobrecimiento con salarios bajos y renta media por persona de 11.900 euros, la más baja del país, y si se descuenta el coste de la vida, el poder adquisitivo real baja respecto al año pasado.

En toda esta situación, correr la San Silvestre es un signo de valentina, de querer llegar a la meta, pero hay que tener en cuenta que los dorsales son muy distintos según la categoría social, ya que muchos de ellos pesan más de la cuenta, aunque se disfracen de Superman.

Esta región es prolija en estas carreras de fin de año, y esto nos da caché, pero no estaría mal que el santo nos trajera, además, la ambición política del empleo digno, refuerzo de rentas, corresponsabilidad y vivienda.

El 31 de diciembre, cuando crucemos meta, estaría bien recordar que el progreso de una región no se mide por el tiempo de una carrera, sino por cuánta gente llega, de verdad, al final de mes.

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