Opinión | Tribuna Libre
Belén viviente
La maldad, la carencia de empatía, la inhumanidad, son un buen reclamo electoral ahora que ser racista se ha convertido en una excelente carta de presentación social

Algunas de las personas desalojadas del antiguo instituto B9 de Badalona. / EFE/Alejandro Garcia
Es esta una tradición, la de los belenes vivientes, que se exhibe cada Navidad con el objetivo de encarnar el misterio del nacimiento de Cristo en un medio tan sumamente hostil que, una joven embarazada, a punto de dar a luz, y su pareja, muertos de cansancio, son rechazados una y otra vez: nadie quiere dar posada a una familia extranjera y pobre. La joven termina alumbrando en un pesebre entre animales, con la compañía cercana de una mula y un buey. Es una imagen elocuente del rechazo social que comporta ser pobre y extranjero, de la carga adicional de sospecha que supone ser perseguido por cualquier motivo.
El cristianismo es una doctrina que defiende que todos los seres humanos somos hijos de Dios, independientemente de nuestro origen o extracción social, y como hijos de Dios merecemos la solidaridad de nuestros semejantes. El cristianismo predica el amor fraterno como base de la convivencia. Los que no somos creyentes pensamos que toda persona merece nuestra solidaridad por el simple hecho de tratarse de un ser humano.
El desalojo del instituto B9 en Badalona, tan cercano a las fechas navideñas, ha sido tremendamente alegórico. Seguro que Albiol, tan ferviente católico, tan defensor de nuestras tradiciones, tiene un belén en su casa. No debe tener ninguna pega con alojar a un niño palestino en el portal, porque es de escayola.
El avance de ideas neofascistas inocula miedo y odio en el corazón de las personas. Los que se dicen cristianos son incapaces de ver el pecado que cometen contra su dios y sus mandamientos. Y los que no son cristianos, la traición que cometen contra los valores humanistas en los que nos hemos educado y de los que cada vez se aleja más nuestra sociedad.
Más allá de cuestiones morales, lo que el alcalde de Badalona ha perpetrado es una enorme irresponsabilidad. Dejar a la intemperie a 400 personas que ya estaban malviviendo en un edificio abandonado no soluciona nada, sino que genera el problema adicional de la dispersión. Sabe perfectamente que los inmigrantes no desaparecen mágicamente al ser desalojados. ¿Y ahora qué?, nos preguntamos todos. Pero él no se lo pregunta, ha conseguido su objetivo ampliamente: ser el más desalmado contra los inmigrantes, porque esa crueldad le da puntos frente a su electorado.
No en vano el ascenso de Albiol comenzó con una campaña cuyo lema era «limpiando Badalona», de inmigrantes, claro. El término ‘limpiar’ ya supone violencia simbólica, porque identifica a las personas con basura, con desechos. Cuando ya se les ha deshumanizado, lo que les ocurra no importa. Si pasan frío y hambre, si pasan calamidades, qué más nos da, no son como nosotros.
De la violencia simbólica a la violencia real hay apenas un paso. La noticia, auténtica o no, de una agresión por parte de un inmigrante, bastará para desencadenar el pogromo. Recordemos los acontecimientos de Torre-Pacheco. No son como nosotros, no merecen ser puestos ante la Justicia, como cualquier otro agresor, merecen la muerte.
El intento de realojo de los inmigrantes por parte de Cáritas y otras entidades ha tenido que ser descartado ante las amenazas de grupos de vecinos contrarios a que se les diera cobijo. Las entidades sociales han conseguido reubicarlos de forma anónima para evitar incidentes violentos con los vecinos. Cito una noticia: «En la noche del domingo, alrededor de 150 vecinos impidieron el acceso a la parroquia a los trabajadores de Cruz Roja —que transportaban material de primera necesidad como colchones, mantas, comida y productos de higiene— e incluso llegaron a increpar e insultar a dos de las personas que iban a pasar la noche en el recinto, según han confirmado fuentes de Cáritas».
Y este es el problema más grave de todos. Qué clase de degradación moral te lleva a hostigar a los pobres, a los extranjeros, a los indefensos. Con que materiales tan explosivos e inestables juega esta ultraderecha moderna, qué tipo de sentimientos deleznables son los que activa, los que anima, esos que calcula que le darán el triunfo en las urnas. La maldad, la carencia de empatía, la inhumanidad, son un buen reclamo electoral ahora que ser racista se ha convertido en una excelente carta de presentación social. Si acaso se te ocurre discrepar te dirán: ¿por qué no te los llevas a tu casa? Como si mi pueblo no fuera mi casa, una en la que dar acogida al vulnerable.
Qué terrible es que en este mundo se esté convirtiendo en tendencia ser un miserable.
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