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Opinión | De dioses y de hombres

Un Tesoro de barro

El Belén de Francisco Salzillo.

El Belén de Francisco Salzillo. / Joaquín Zamora

En estos días de plena Navidad, entre reencuentros, villancicos y diversos adornos, no me resisto a dedicar un artículo al arte navideño. Evidente es que, a pesar de la secularización de la sociedad y las nuevas incorporaciones consecuencia del mundo globalizado, el belén sigue siendo el rey de la mayor parte de las decoraciones de estas fechas. Su origen se remonta al siglo XIII, cuando, según la tradición, el santo de Asís levantó —en Greccio— el primer pesebre una Nochebuena.

Desde entonces, a lo largo de estos ochocientos años, infinitud de estas representaciones han llenado casas y palacios; monasterios e iglesias. El belén es una singular manifestación artística, cultural, que caló hondamente entre las diferentes clases sociales; dando frutos sobresalientes de la mano de preclaros artífices.

En la ciudad de Murcia, famosos y destacados fueron los belenes de las monjas clarisas, agustinas y capuchinas. Tres monasterios emblemáticos de nuestra ciudad; ricos en historia y patrimonio. De estas antiguas colecciones sólo nos quedan algunas piezas sueltas que atestiguan la calidad y valor de las esculturas que los formaban. Todos sabemos que la figura genial de Francisco Salzillo elevó a Murcia hacia lo más alto de ese Barroco que ya se despedía. Al noble dieciochesco, Joaquín Riquelme, se debe el encargo de ese primer paso procesional —La Caída— con el que comenzó la inédita renovación de la mañana de Viernes Santo; a otro Riquelme, pero de nombre Jesualdo (hijo del anterior), debemos agradecer la más feliz creación de la Navidad en tierras hispanas.

El Belén de Salzillo fue encargado e ideado para el gran salón del palacio que el citado Jesualdo Riquelme poseía en Murcia. El desaparecido palacio de las Almenas, en la calle Riquelme. ¿Pueden imaginarlo…? Entrar en el edificio exquisito por su gran portón blasonado y gozar del prodigioso y minucioso espectáculo. Evidentemente, nosotros ya no podremos; principalmente por ser hijos, nietos y bisnietos de los amantes de la pala y el derribo. Pero sí que lo hicieron otros murcianos, como aquellos que vivieron en 1883, año en el que, coincidiendo con el centenario de la muerte de Salzillo, el palacio abrió sus puertas mostrando el capricho rococó más espléndido de Murcia. También la prensa de la época cuenta —posiblemente de manera apócrifa— como la marquesa de Salinas salía a la puerta y sacaba de su delantal al Niño ofreciéndolo a besar.

El belén que Francisco Salzillo comenzó en 1776, sería completado por su discípulo Roque López con las escenas de Herodes y la Matanza de los Inocentes, hacia 1800. Muchos son los valores extraordinarios en este fausto único de las escenas evangélicas sobre la infancia de Cristo. Pero antes de mencionar algunos de ellos, me gustaría que valoremos algo extraordinario: la sorprendente integridad de su colección. Es casi un milagro que no se hayan disgregado, a través del tiempo y las diversas herencias, sus más de quinientas figuras.

Salzillo, a pesar de sus orígenes napolitanos, ideará un belén distinto a los tan celebrados pesebres de aquellas tierras mediterráneas. Más allá de que las figuras no son de vestir —como es habitual en los napolitanos—, el belén de la colección Riquelme es menos mundano que estos, más espiritual. Unas figuras donde los misterios principales se culminan en ricas y delicadas policromías y estofas. Una obra compleja donde lo popular y lo celestial bailan al mismo son de esa música inasible que parece proceder de los ángeles que lo pueblan. Un belén de barro y lienzo encolado principalmente, donde el pequeño Dios es tallado en madera como genial metáfora de su grandeza.

Pocos conocen el recorrido que esta paradigmática obra de arte ha efectuado para que hoy pueda ser contemplando en el museo Salzillo. El belén pasó por herencia de Jesualdo Riquelme a sus descendientes, destaca entre ellos la marquesa de Salinas y, posteriormente, al marqués de Corvera, sobrino de esta última y que, a pesar de la petición de su tía, lo puso en venta. Es ahí donde entran en escena una serie de murcianos, entre ellos Isidoro de la Cierva y Andrés Baquero que, alertados por el peligro que suponía su venta y la consecuente separación de Murcia de tan preciado tesoro, consiguieron hilar fino en un proceso que se alargó durante siete años y que culminaría felizmente con la compra de la colección por parte del Estado español en 1915.

Contemplar hoy, en la magnífica sala expositiva del museo Salzillo esta joya, es un regalo del que no somos plenamente conscientes los murcianos, más aún si lo explica doña María Teresa Marín, directora del mismo. Disfruten, se lo pido encarecidamente —no sólo en Navidad— de este tesoro de barro; del belén más soberbio del arte español.

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