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Opinión | Tribuna libre

Federico Faus

El mejor regalo de Navidad, la educación

Diciembre cambia el pulso de los colegios. Los pasillos se llenan de villancicos ensayados o improvisados, las salas de usos múltiples encienden sus luces para pequeñas representaciones navideñas y festivales musicales, en los vestíbulos aparecen los belenes realizados con originalidad y el cansancio del intenso trimestre convive con una satisfacción difícil de explicar. Es un tiempo propicio para hacer balance. Y también para dar las gracias.

Detrás de cada clase, de cada proyecto educativo y de cada tutoría hay horas invisibles de preparación y de cuidado. Un esfuerzo constante que no siempre se ve, pero que se nota y marca la diferencia. Lo he podido comprobar recorriendo centros de toda la Región, hablando con profesionales que, incluso en los momentos más difíciles, siguen defendiendo la educación como un espacio de confianza y crecimiento.

Allí está el profesor que se queda unos minutos más para escuchar a un alumno que atraviesa un mal momento; la administrativa que atiende, una y otra vez, a las familias con paciencia y cercanía; el personal de servicios generales que llega antes que nadie y se marcha cuando todo está preparado para el día siguiente… Gestos pequeños, cotidianos, pero que construyen escuela.

Vivimos tiempos en los que la educación se mide con frecuencia en cifras, rankings y metodologías innovadoras. Sin embargo, hay una parte fundamental del sistema que no se puede cuantificar: la vocación. Esa que se traduce en compromiso, en entrega, en paciencia y en la capacidad de reinventarse aun cuando los medios son limitados.

La educación privada y concertada en nuestra Región es parte esencial de nuestro sistema educativo y su calidad no se explica sin el servicio diario de quienes la hacen posible. Personas que trabajan con vocación, a menudo con recursos ajustados, pero con una convicción intacta: educar merece la pena.

Por ello, este artículo no pretende ser una declaración institucional, sino, sencillamente, un reconocimiento. Un recordatorio de que el mejor regalo de nuestra educación no está envuelto en papel de seda ni se mide en resultados, sino en el corazón de quienes la hacen posible cada día en los centros educativos.

Así pues, cuando llegue el momento de cerrar las puertas por vacaciones, esos miles de profesionales pueden hacerlo con la cabeza alta. Porque su esfuerzo diario educa, colabora a construir una sociedad más culta, más humana y con valores. Y eso, en estos tiempos, no es poco.

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