Opinión | Miradas furtivas
El instante que nos define

Retrato de Ana Delgado. / L. O.
La mañana del día uno de noviembre de 1974 me acerqué al cementerio de Nuestra Señora de La Almudena, en Madrid, con objeto de hacer algunas fotografías con ocasión de la festividad del día de Todos los Santos. Recuerdo perfectamente que se trataba de una mañana fría y brumosa, lo que, presumiblemente, iba a facilitarme un extra ambiental para mis imágenes. Caminando por una de las zonas más populares y modestas del cementerio (porque, en esos lugares, en los que se supone que nos unificamos todos los seres humanos en un mismo destino, todavía existen las clases sociales), de repente me encontré con un tema que me interesaba: se trataba de una anciana, gitana, que estaba colocando unas flores en uno de aquellos nichos.
Tras ‘robarle’ algunas imágenes con un carácter más contextual, me acerqué a ella para intentar conocerla y, de paso, seguir haciéndole fotos más cercanas. Se llamaba Ana Delgado, tenía ochenta y seis años y había acudido a ponerle flores a sus familiares fallecidos, entre los que se encontraba su marido. Recuerdo también que todo fue muy fácil, que no puso ningún inconveniente para dejarse retratar y que me fui del lugar bastante satisfecho por los previsibles resultados gráficos que acababa de obtener.
Sin embargo, ahora, más de cincuenta años después y cuando aquel joven que salía en busca del ‘arte fotográfico’ ya ha consumido gran parte de su tiempo vital, al mirar de nuevo a los ojos de aquella mujer comienza a sentir que, aunque se llevara unas interesantes fotografías de aquel momento, verdaderamente no supo estar a la altura de lo que vivió; que no supo entender, ni aquella suplicante y profunda mirada, ni el mágico cumplimiento del destino ante un encuentro tan casual, porque, en el fondo, no es la imagen obtenida lo que interesa, sino la verdad del momento vivido. Es ahora, después de una vida entera buscando documentar aquello que te atrajo, cuando entiendes que lo principal no son las imágenes que tomaste, sino la realidad de haber vivido aquellos evanescentes instantes que hoy tanto te configuran y definen.
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