Opinión | Allegro agitato
La guerra de los Strauss

Johann Strauss II y los músicos de su orquesta en un baile en la corte, Theo Zasche., 1888. / L. O.
La preocupación familiar cuando uno de los hijos anuncia que quiere dedicarse a la música no es algo de aquí y de ahora. Ha ocurrido en todas las épocas y en las mejores familias, incluso en las musicales, preocupadas por la supervivencia de sus vástagos. Cuando el hijo abandona una idea tan descabellada, todos felices. Pero si la cabezonería, o el amor por la música, es superior, solo queda la aceptación o el enfrentamiento. Hoy y por estas fechas tan próximas al tradicional Concierto de Año Nuevo les voy a hablar de la disputa que mantuvieron por este motivo los miembros de la familia musical vienesa por excelencia: los Strauss.
Johann Strauss nació en Viena en 1804, donde sus padres regentaban una posada. Con siete años perdió a su madre y, cinco después, su padre, acosado por las deudas, murió ahogado en el Danubio. En 1823 se unió al grupo del violinista Joseph Lanner, que creció y se convirtió en una orquesta, de la que Strauss fue nombrado segundo director. Con 21 años se casó con Anna Streim y nació Johann, el primero de sus hijos. Fuera por una disputa o por el éxito de sus composiciones, en 1827 se independizó y formó la Orquesta Strauss. Organizó hasta ocho grupos que actuaban simultáneamente, especialmente durante el Carnaval, y que en 1830 integraban doscientos instrumentistas.
En 1833 comenzó la expansión internacional, realizando giras con centenares de actuaciones y cosechando éxitos enormes en París, Londres o Edimburgo. En estos viajes introdujo bailes como la polca —que escuchó en Praga— o la cuadrilla —de moda en Francia—. Sin embargo, el mayor logro de Strauss, junto con Lanner, fue que el vals dejó de ser una danza campesina y alcanzó los estamentos más altos de la sociedad, como música de baile y como música de concierto. De Strauss procede la imagen icónica —disculpen la redundancia— del violinista que dirige mientras toca, de pie, delante de la orquesta. Hasta Richard Wagner alabó su forma de interpretar, su entusiasmo y el frenesí que alcanzaba el público en sus actuaciones.
Las ausencias y el carácter irascible de Strauss fueron el motivo de que se refugiara en una familia paralela. En 1833 Strauss conoció a Emilie Trampusch, con quien tendría seis hijos. Anna solicitó el divorcio en 1844 y Johann se fue a vivir con Emilie. La separación del matrimonio Strauss-Streim fue fundamental para la continuación musical de la saga. Strauss había decidido que sus hijos se dedicaran a otras actividades profesionales, posiblemente para evitarles estrecheces económicas. Anna Streim apoyó la decisión de ser músico de su hijo mayor, que había recibido clases en secreto. Johann Hijo formó una orquesta con la que debutó en el casino Dommayer, donde el padre juró no actuar nunca más. La presión paterna hizo que tuviera que trabajar fuera de Viena, realizando accidentadas giras por Hungría y Transilvania. Con la Revolución de 1848 volvieron a hacerse manifiestas las diferencias entre ambos. Johann padre apoyó al régimen establecido y compuso la Marcha Radetzky, que se convirtió en himno militar, pero que le granjeó la aversión de los revolucionarios. Johann hijo tomó partido por los sublevados y compuso la Marcha de la Revolución, lo que le valió un interrogatorio policial y el boicot institucional en la corte. El enfrentamiento no se alargó mucho, ya que Johann padre falleció de escarlatina en 1849, contagiado por uno de sus hijos.
Desde ese momento, Johann fue considerado el rey del Vals, superando a su progenitor. Sus instrumentaciones eran magistrales, como reconoció su amigo, el compositor Johannes Brahms, que lamentaba no haber compuesto el famoso tema del Danubio Azul. Además, sus obras servían para conmemorar cualquier tipo de acontecimiento local o europeo. La sobrecarga de actuaciones le provocó una crisis nerviosa en 1853, para la que los médicos recomendaron una cura de descanso. Aprovechó para convencer a su reticente hermano Josef de que asumiera la dirección de la orquesta. El título del primer vals de Josef fue elocuente: Die Ersten und die Letzten, el primero y el último. En contra de esta premonición, compuso unas trescientas obras, en las que demostró todavía más talento, imaginación y carácter evocador que su hermano. Años más tarde, en 1861, Johann y Josef convencieron Eduard, el hermano menor, para que se uniera al grupo. Tener tres directores permitía que no parara la actividad en Viena mientras alguna de las orquestas emprendía algún viaje.
Durante una actuación en Varsovia en 1870, Josef Strauss, que sufría dolores de cabeza y desmayos, cayó inconsciente y falleció en Viena poco después. Su pérdida y la actividad de Johann como compositor de operetas provocaron que Eduard asumiera la dirección, llevando la Orquesta Strauss a 840 ciudades de todo el mundo. Él fue quien comenzó los conciertos en la famosísima y, por entonces, recién construida Sala Dorada del Musikverein de Viena, donde estrenó muchos de los valses de su hermano. Johann murió al acabar el siglo, en 1899. Un año después, Eduard emprendió una larga gira por América donde, tras un accidente ferroviario en Pittsburgh, disolvió la orquesta. Después, en 1907, quemó su archivo musical para impedir que los competidores se apropiaran de sus partituras.
Así concluyó la historia de una de las sagas más conocidas de la música, cuyos valses, marchas y polcas nos avisan de que ya ha comenzado el Año Nuevo.
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