Opinión | Boulevard Flandrin
El vuelo y la silla

Una familia celebreando una cena por Navidad. / L. O.
En diciembre la mesa se vuelve un espejo con migas y memoria, y devuelve lo que el resto del año hemos ido escondiendo. El menú es oropel, el cuerpo es sumario. Cómo llega cada uno, cómo se sienta, cuánto tarda, qué cansancio disimula para no estropear la foto. La Navidad no es un día, es una manera de comparecer.
Este año entraron en casa dos avisos sin mucho boato. Mi padre se jubiló. A mi madre le pusieron una prótesis. Dicho así suena aséptico, pero por dentro cruje.
De la mesa a la silla. Mi madre se sienta y el gesto deja de ser un gesto. Es un trato con el cuerpo. La prótesis ha reescrito la gramática del apoyo. Mano al borde, pie que tantea, una pausa mínima antes de confiarle el peso al mundo. Dame un segundo, dice. Y ese segundo impone su ley donde antes mandaba la prisa.
De la silla a la mesa. Entonces hablan las sillas, que son el calendario real de estas fechas. Una custodia un hueco. Otra cruje como si aprendiera un idioma nuevo. Otra sostiene a alguien que está, pero de otra manera. La mesa hace de refugio, de confesionario, alrededor de ella se cuela lo que en otros meses se esquiva. La fatiga. La paciencia. Las pérdidas pequeñas.
De la mesa al móvil. El teléfono boca abajo vibra sobre la madera y muerde una frase con un zumbido. Alguien mira, alguien se ausenta sin levantarse. Un segundo, dice, y la mesa pierde a esa persona aunque siga sentada. Hay quien puede dejarlo para después y hay quien contesta como quien paga un peaje.
La prisa no aterriza igual en todas las casas. El descanso, cuando llega, no siempre llega limpio. Llega negociado, con culpa. Y uno aprende a llevar una ventanilla única dentro del cuerpo, como si hubiera que sellarlo todo. Incluso parar. Incluso estar.
Del móvil a los lápices. Nico entra con sus colores y cambia el aire de la habitación. Dibuja un cohete torcido, una flecha que sube, una nube con manchas, y pregunta por Buzz Lightyear. Por qué él puede volar y yo no. Nos reímos. A Buzz le conceden la ficción, como se concede una bula. Una mano fuera de plano le firma el milagro y una mirada decide creérselo. Nosotros también tuvimos ese regalo, cuando perder una tarde no era un delito y la alegría no tenía que presentar papeles.
Quizá estas fechas sirvan para una desobediencia tranquila. Sentarse junto a quien se sienta despacio. Dejar el móvil dormido. Hacerle sitio al segundo que falta. La familia termina siendo eso, sus bóvedas de resistencia, construidas con planos y ternura, pero también con cierta exigencia. Llegar a tiempo.
Acercar una silla sin preguntar. Y entender que la puntualidad, a veces, llega antes que nosotros y por eso puede que sea una pérdida de tiempo. Volar, al final, es que alguien te guarde una silla. Eso se lo explicaremos a Nico el año que viene, si el año que viene no nos deja en visto. Felices Pascuas.
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