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Opinión | El especialista

Policía local, periodista y criminólogo

Policías locales o espantaburras

No quiero superpolicías que sepan todas las leyes y sientan el mayor desprecio por las personas; quiero gente cabal, empática, que resuelva situaciones con el menor esfuerzo, hombres y mujeres que se pongan en el lugar de los más débiles y actúen conforme la situación lo requiera

Dos agentes de la Policía Local de Murcia, en una imagen de archivo.

Dos agentes de la Policía Local de Murcia, en una imagen de archivo. / L. O.

¿Quién mejor que un policía para criticar las malas formas de la Policía y alabar los buenos gestos de estos? Más vale que sea así a que lo haga otro que no tiene ni idea de lo que dice y, además, critique con maldad.

España es un país donde el sistema policial está divido en tres esferas: nacional, autonómica y local. La Guardia Civil y la Policía Nacional son cuerpos policiales estatales. Las Policías Autonómicas tienen competencias autonómicas propiamente dichas y los Cuerpos de Policía Local actúan en el ámbito local de su municipio. Todos los cuerpos han sufrido modificaciones a lo largo de su historia hasta llegar a nuestros días con el sistema anterior.

Una cosa son los cuerpos policiales como institución y otra bien distinta son los policías como unidad individual, es decir, como personas. A menudo, la sociedad suele confundir este matiz y etiquetan a todo un cuerpo por la mera actuación de uno o algunos de sus miembros, olvidándose que detrás de esa institución hay miles de funcionarios policiales sobradamente preparados y que para nada merecen la cruz que alguno de sus compañeros le hacen llevar. Generalmente, un ciudadano dolido con la actuación concreta de un policía suele desprestigiar a todo el cuerpo.

En este sentido, creo que ya es el momento de juzgar a cada uno por sus actos y dejar de generalizar de forma tan injusta como lo hace la sociedad contra la Policía. El corporativismo policial ha perjudicado terriblemente a los buenos policías, cierto, ya que bajo esa capa se han ocultado muchos malos policías, amparados por la protección de sus compañeros. Y en sentido inverso, más de lo mismo: malos ciudadanos han visto reforzada su queja injusta contra buenos policías amparados por superiores o cargos políticos. Basta ya, dejemos de ser tan irreales y llamemos a las cosas por su nombre.

Me molesta mucho que en los cuerpos policiales sigan campando a sus anchas picoletos y espantaburras que robaron la plaza a personas que sí estaban preparadas para ese cargo vocacional. Por eso es normal que algunos ciudadanos se molesten. Tanto como que depende de quién sea el policía que te atienda. Cuando a un tonto le das una gorra es como cuando le das una pistola a un mono, y en este caso al tonto le has dado gorra y pistola.

Hoy en día, las Policías Locales ya no son lo que eran, y mucho menos lo que fueron cuando se crearon, aunque todavía quedan resquicios. El término ‘espantaburras’ viene de Murcia; en aquella época a las bicicletas les llamaban burras, más tarde a las motos, y los guardias municipales quedaban para hacer la labor de multar a los ciclistas, ya que estos tenían que llevar una placa como las matrículas y pagar una tasa. Los ciclistas que no llevaban esa placa huían al ver al guardia. Otra hipótesis que defienden otros es que los guardias del pito se colocaban en los cruces con su casco, manguitos y porra blancos y de tantas pitorradas se asustaban las pobres burras y tenían los dueños que sujetarlas bien para evitar males mayores.

La historia de la Policía Local no está exenta de enchufismo, de hecho, es el cuerpo donde más se sospecha, debido a su carácter tan local. El primero de todos, cronológicamente, Agustín Virgili Quintanilla (1 de abril de 1939 a 23 de abril de 1949), recibía en su despacho de la alcaldía al que lo solicitaba debidamente. Algunos de los visitantes eran colonos y arrendatarios de las infinitas tierras, Molina de Segura casi entera que administraba a los Heredia Spínola. «Don Agustín, que mi zagal no sirve pa’ otra cosa, y he pensado que me lo coloque osté de espantaburras aquí». «¿Yeso qué es, Juanico?», preguntaba el alcalde. «¡Pos de guardia pa’ poner multas a los ciclistas!». «Ya veremos qué se puede hacer, ya veremos», contestaba invariablemente el alcalde sin comprometerse a nada, aunque fueron varios, en efecto, los zagalicos que ingresaron en el glorioso cuerpo de espantaburras urbanos.

No quiero superpolicías que sepan todas las leyes y sientan el mayor desprecio por las personas; quiero gente cabal, empática, que resuelva situaciones con el menor esfuerzo, hombres y mujeres que se pongan en el lugar de los más débiles y actúen conforme la situación lo requiera. No quiero policías que denuncien a todos por igual, pues no todos somos iguales. No quiero policías prepotentes, sabelotodo, acomplejados, no, quiero policías que antes de ser policías sean personas.

Quiero policías que sean personas. No frustrados a los que pegaban en el colegio y de mayores abusan de los demás con un falso poder que no tienen. Quiero personas humanas, no hijos de puta que de críos eran unos golfos o los tontos de la clase. Quiero y creo que todos queremos lo mismo. No hablo de dinero. No hablo de policías recaudadores. No hablo de superhéroes. Hablo de dignidad. Hablo de hombres, no de hombrecillos, hablo de mujeres, no de mujercillas. Nada tiene que ver el dinero en lo que digo. No mezclemos.

Atrás quedan los tiempos cuando los policías locales eran auxiliares de serenos y alguaciles. Hoy en día están más que preparados para realizar cualquier intervención policial; el tiempo, los medios y la formación se han encargado de demostrarlo. A pesar de todo, todavía queda el espíritu del espantaburras y algunos lo utilizan para venganzas o servicios tan absurdos como decirle a los críos que no jueguen a la pelota. No, eso no son servicios policiales, esas cosas se trabajan en casa, en la familia. Pues todavía quedan hoy guardias con maneras del espantaburras que fueron en otra época.

Luego están los alcaldes que pretenden imponer normas absurdas y retrógradas a sus policías, y digo ‘sus policías’ porque eso piensan ellos. Pues no, la Policía no es del Alcalde, es del pueblo, está formada por el pueblo y han aprobado una oposición frente a otras personas, por lo que se presupone que están bien formados y preparados, con sus excepciones.

También puedes encontrarte con guardias civiles y policías nacionales o con picoletos y maderos, pues en todos cuecen habas y no iban a ser menos.

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