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Opinión | Mamá está que se sale

Abogada

Cuento de Navidad

Una familia celebrando la cena de Nochebuena.

Una familia celebrando la cena de Nochebuena. / Freepik

En mi antigua casa había un vecino que vivía solo. No se relacionaba mucho con nadie, era algo hosco. Incluso me sorprendí cuando supe que había estado casado, y que tenía hijos. Pero vivían lejos, y casi nunca venían.

Desde mi ventana, a veces, se le veía con una barra de pan bajo el brazo, o con una pequeña compra. Era curioso verle, porque caminaba con el porte de un marqués. Un día pregunté, por curiosidad, a qué se dedicaba. Por lo visto, era empleado de banca jubilado. Y conocía los secretos de todo el pueblo. En un pueblo pequeño, eso era suficiente para apagar cualquier conato de vida social.

En la comunidad, como éramos muy pocos, acordamos que nos encargásemos entre todos del mantenimiento y de los pagos comunes. Naturalmente, don Julián se ofreció a llevar las cuentas. Llevaba apuntado absolutamente cada bombilla, tornillo y botella de lejía que se usaba. Solía comentar los gastos comunes como un padre reñiría a unos hijos por gastones. Desde luego, no se podía decir que no hiciera bien su encargo.

Antonio me había contado que tras quedarse viudo muy joven, con varios hijos pequeños, una especie de sombra le cubrió. Los hijos salieron pitando en cuanto se hicieron mayores, y él se quedó en su casa de siempre, rumiando la pena de estar solo. Me dio pena cuando lo supe y, desde entonces, le sonreía cuando me lo cruzaba. Él me devolvía la mirada y me decía algo, y esa era toda la conversación. Sólo venían a verle, de vez en cuando, unos sobrinos que también vivían en el pueblo. La verdad es que estaba muy solo.

Entonces, una Nochebuena vi desde mi ventana cómo volvía del mercado. Esta vez no llevaba una barra de pan. Llevaba un festín. Y a pesar de ir como un burro de carga, iba feliz.

Por la tarde fueron llegando los sobrinos. A uno de ellos nos lo encontramos en la puerta. Decía que les había llamado el día anterior, uno a uno, diciéndoles que estaba muy solo, que echaba mucho de menos a su difunta mujer y a sus hijos cuando eran pequeños, cuando los tiempos eran felices. Y que aquella noche había soñado con su mujer. Pero no era un sueño cualquiera. Era emocionante escucharle: en su sueño había vuelto a aquellos tiempos, y de algún modo había reconectado con aquella felicidad. Sin saber ni cómo ni de dónde, le habían vuelto las ganas de reunirse con los suyos, de celebrar la Navidad, la paga extra, el frío de la calle, los niños corriendo y todo lo que hacían en aquellos tiempos.

Se había acordado de cuál era el menú favorito de los sobrinos, y había prácticamente vaciado existencias. A los sobrinos les pirraban los huevos fritos con patatas… me quedé muerta. Así que los había preparado en versión ‘deluxe’: con pimientos, chorizos y, por supuesto, con puntilla. Por un momento hasta me dio gana de ir a mojar pan.

Aquella noche, mientras nosotros celebrábamos nuestra Nochebuena, en la pared de al lado se oía un jolgorio poco habitual. No sé si era porque fuera Navidad, pero sin duda era porque se habían acabado los tiempos de soledad.

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