Opinión | Tribuna Libre
Nuestra ciudad y su lectura
El libro que leemos cuando caminamos por Murcia aburre, cansa, desespera, te invita a abandonarlo y buscar otras lecturas más amenas
Hace muchos años escuché una canción de Quintín Cabrera que dejó una impronta indeleble en mi memoria. De cuando en cuando recuerdo apenas dos versos: «las ciudades son libros / que se leen con los pies». Y divago sobre las ciudades que me gustaría visitar: Berlín, tal vez la Alexanderplatz; Viena, Copenhague o Buda; quizá decida no cruzar el Danubio a Pest; el perfil de La Valeta desde el murmurante Mediterráneo… Ciudades, barrios, ríos más o menos caudalosos, lagos, grandes jardines ingleses, catedrales perpendiculares y escondidas capillas, cielo y sol, nubes, lluvia y calzadas empedradas brillantes de reflejos de neón.
Las ciudades se leen con los pies como los libros se leen con los sueños y con la experiencia atesorada por sucesivos descubrimientos, porque la literatura es lanzarse a un mar inexplorado de palabras que construyen paraísos y, a veces, infiernos. Son mundos abiertos o cerrados, con colores y luces brillantes u otros más grises, oscuros, dramáticos, como el hollín de las grandes ciudades del XIX que dibuja las líneas de la opresión y el horror (junto al Támesis o el Sena). Existen ciudades en las que pasear, caminar, leerlas con los pies es un gozo, con lluvia, nieve, viento, frío o siroco. Otras, algunas con milenios de existencia, son un obstáculo permanente, una carrera de obstáculos: aceras estrechas, levantadas o resbaladizas, con cambios casi continuos de suelos y texturas; farolas en mitad del trayecto que impiden o dificultan la movilidad de los paseantes; que no se limpian y una capa de grasa se adhiere a la superficie, convirtiéndose en una pista de patinaje con las primeras gotas de lluvia.
Pongamos que hablo de la ciudad de Murcia.
No es difícil saber cómo funciona un ayuntamiento, cualquiera, y cuál es su escaparate donde reflejar su grandeza, a veces su grandilocuencia, su vergüenza o su ideología. Ciudades que tienen su avenida para jugar al curling, deslizando las piedras de granito entre plátanos de jardín, y que, alejándote de ella, vas hallando descuido, abandono, ruinas o desnudez urbana. Pongamos que hablo del Paseo Alfonso X el Sabio y el silencio de sus moradores cuando el Ayuntamiento decidió cerrarlo al tráfico sin manifestaciones, sin protestas en los medios de comunicación, calculando cómo se revalorarían sus pisos con la reforma urbana, mientras la periferia se lanzaba a la calle para pedir más tráfico, humo contaminante, aceras estrechas e irregulares, calles hostiles al paseante.
En el 1200 aniversario de Murcia, con una conmemoración que ha incluido todos los tópicos e invenciones de la tradición más cutre, seguimos viviendo en una ciudad antipática en lo urbano, con un centro histórico más o menos acicalado y el resto sucediéndose en círculos de descenso al infierno. Tal vez que el que habla con estas palabras se haya caído dos veces en las dos últimas semanas debido a aceras levantadas por las raíces de los árboles, el suelo resbaladizo después de la lluvia y se haya doblado el tobillo una vez por una rejilla hundida en la acera, influya en esta descripción atípica de la milenaria ciudad de Murcia. Pero aunque esto no haya ocurrido, aunque no me hubiera caído en la calle Pintor Pedro Flores, en la calle Princesa y me haya doblado el tobillo en la calle Gloria, el Ayuntamiento de Murcia debe repensarse la ciudad o la ciudadanía debe repensarse el ayuntamiento que tiene, pero esta ciudad no es ni la que queremos ni la que nos merecemos. El libro que leemos cuando caminamos por ella aburre, cansa, desespera, te invita a abandonarlo y buscar otras lecturas más amenas.
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