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Opinión | PAN PARA HOY

¿Spiderman en el belén?

Hoy se celebra un trastorno del universo. Adorar a Dios significaba ayer elevar la vista a un cielo lejanísimo, completamente inescrutable. Desde el nacimiento de Cristo significa entrar en el establo y agachar la vista para mirar, entre penumbra, a la luz del mundo. Todo es contradictorio, y todo parece tener sentido: aquellas manos que dieron forma a los astros se transforman en las manecillas de un bebé que se amamanta de los pechos de su madre. El Dios omnipotente se hace infante desvalido, consumándose así el cataclismo que se conmemora esta noche.

Dios se ha hecho niño, y en Navidad todo nos recuerda a nuestra infancia. Nos fascina mirar a los pequeños, los que mejor comprenden su misterio, pues Cristo se ha hecho como uno de ellos. Descansan en estas fechas de la lógica de los adultos, quienes les reprenden durante el año y ahora tienen que hacerse como ellos si desean salvarse. Los niños gozan más intensamente de estas fiestas y se entusiasman montando el belén. Disponen las figuras con la sublime meticulosidad de su mente fantasiosa. Se adueñan de la escena, alienando a las figuras disparatadamente, sabiendo que las leyes del universo han quedado suspendidas. Si el Señor de todo cuanto existe ha nacido entre animales, ¿por qué no podría estar también Spiderman en aquel portal? Y así, las palmeras se vuelven más altas que los montes, las nieves cubren los verdes prados y los pastores mueven a sus ovejas mientras otros duermen al calor de la hoguera, pues tampoco se sabe si es de día o de noche. Pero es Navidad, y se sabe perfectamente que puede ser de día y de noche a un tiempo, porque la noche y el día han quedado ya inundados por una luz inextinguible que ha cambiado el mundo para siempre. A la luz de esta Luz, no es extraño que las casas sean más pequeñas que las gentes que hay a su lado, ni que el palacio del rey Herodes sea más pequeño que la cueva natal del rey de los judíos. El belén está más allá del tiempo y el espacio. Nos molestamos con los anacronismos de la ficción, pero no con las figuras vestidas a la murciana, porque la Navidad es perpetua y ubicua incluso 2024 años después, que para eso Dios es Dios y puede nacer cuando quiera.

Los lectores de Mil ojos esconde la noche de Juan Manuel de Prada habrán notado la continua referencia al sermón de Navidad del padre Abundio. Les pido que toleren la licencia, pues me ha cautivado su belleza. Si pueden, disfruten de su familia, que hasta Dios quiso nacer en una. Les deseo, queridos amigos, de todo corazón, una feliz y trastornada Navidad.

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