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Opinión | Pasado a limpio

miguel ángel alcaraz conesa

La piel roja de Cochise

Murcia debería llamarse la ciudad desvertebrada o, si se prefiere, la ciudad descoyuntada, en alusión al estrangulamiento de algunos barrios

Imagen de archivo de tráfico congestionado en la Gran Vía de Murcia.

Imagen de archivo de tráfico congestionado en la Gran Vía de Murcia. / Juan Carlos Caval

Hay algunas dudas sobre la fundación de Murcia en el 825. La prensa de la época no alude a ningún acto inaugural poniendo la primera piedra de la ciudad. Pero, como parte de los fastos conmemorativos de la fundación de la ciudad, el Ayuntamiento capitalino ha promovido una campaña navideña que presenta con un cartel sobre fondo rojo que parece una ‘fake news’: «Una Navidad para la historia. 1200 años celebrándola juntos». No hay constancia de que la Murcia musulmana celebrara la Navidad. Para cumplir con el aserto publicitario, a partir del siglo XVII, los años debieron ser de seis meses, como mucho, de tan bonito que era el belén de Salzillo.

El cartel rojo no quiere decir que Murcia sea roja, pese al color de su bandera, porque dejó de serlo hace ya bastantes años para convertirse en un bastión conservador y de un colorido más bien ajoporro. Aun así, hay bastantes razones para hablar de cierto rojerío murciano.

Primero por el color de los semáforos, que desde el plan de movilidad (reducida), sólo se ponen verdes de manera ocasional, porque lo suyo es el rojo perenne. Y cuando uno verdea, el siguiente se ruboriza inmediatamente. Esto hace que el tráfico en Murcia se parezca más a la procesión de los coloraos y sus frecuentes paradas para que el público contemple el esplendor de sus carrozas, pero en este caso, para comprobar la mala idea del regulador semafórico.

Bromas aparte, que Murcia sea una de las capitales de peor calidad del aire, tiene que ver con el estado del tráfico, pues no hay industrias especialmente contaminantes en el casco urbano. La genialidad del cerebro que proyectó el reducido plan móvil es uno de los factores. Que se lo digan a los vecinos del barrio del Carmen, que para entrar y salir tienen que pedir permiso al alcalde. No digamos la aventura de circular por las calles, siempre a expensas de una obra, una mudanza o el camión de las basuras. Un laberinto móvil como el de cierta película juvenil, que impedía escapar a los chavales. A ello añadimos el operario de los semáforos y su idea disuasoria del uso del automóvil, como el que tiene sarna y se rasca.

Puede que, para algunos, la culpa sea de lo que llaman ‘cultura cochista’ que, al margen de la infravaloración del concepto cultural y del adjetivo extravagante del diccionario de la RAE, ignora las peculiaridades y singularidades del municipio. Si Ortega y Gasset escribió España invertebrada, Murcia debería llamarse la ciudad desvertebrada o, si se prefiere, la ciudad descoyuntada, en alusión al estrangulamiento de algunos barrios. El casco urbano apenas alberga un tercio de la población del municipio, pues los otros dos tercios viven en la extensa red de pedanías y diseminados que llegan más allá de la sierra de Carrascoy. Al desparrame ha de añadírsele la desidia con que la corporación municipal trata a los habitantes del extrarradio, la precariedad de sus servicios de autobuses urbanos, desajustados con los horarios laborales o con las actividades lúdico-festivas que sólo se programan en la gran urbe; con rutas imaginativas para enlazar algunos pueblos, dentro de un sistema radial que no contempla desplazamientos periféricos para, por ejemplo, ir al médico o a los centros educativos.

De manera que muchos ciudadanos se ven obligados a ser ‘cochistas’, ¡ah, qué palabreja tan fea! Tuve una época como de jugador de ajedrez, federado en un club de la ciudad. A las 21.30’ tenía que dejar caer el rey y atravesar la ciudad a toda prisa para coger el último autobús al pueblo. Algún contrincante que ya sabía de mi apresuramiento ralentizaba sus jugadas en una guerra del tiempo que yo tenía perdida de antemano.

Tal vez sea que esta ciudad siempre fue clasista. Antes de serlo con los inmigrantes, o con los ajedrecistas de pueblo, ya los churubitos de la ciudad despreciaban a los huertanos, ataviados con sus trajes folclóricos y sus maneras rurales poco refinadas.

Quizá sea que esos habitantes son más bien indios, apaches para más señas. Mejor que el calificativo inventado e indocumentado de ‘cochista’, prefiero el sustantivo de Cochise, aquel jefe apache que encabezó una rebelión india cuando el territorio de Nuevo México fue arrebatado a los mexicanos recién independizados. Fue acusado injustamente de un asesinato que no pudo cometer, porque estaba a cien millas del lugar del crimen. Igualmente, los ciudadanos que nos vemos obligados a movernos en nuestro propio vehículo, lidiamos a diario con una ordenación urbana y semafórica que parece diseñada por uno de los ocho inmortales chinos de natural despreocupado, Lan Caihe, que solía ir ebrio por las calles.

Será que Murcia no es roja, pero abundamos los indios como Cochise, pieles rojas de tan indignados por el tráfico. La nuestra es una guerra continua contra la incompetencia municipal, contra el surrealista diseño urbano y contra los patinetes eléctricos, que pululan por todos los espacios reservados a otros ciudadanos, avasallados por sus continuas invasiones. Que haya ciudades que están peor no es un consuelo.

Desde la reserva india, ¡feliz Navidad a todos los indios! ¡Gerónimo!

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