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Opinión | MUJERES INTERESANTES

María Martínez

Natividad, Navidad

Se necesitó una mujer, María, para que alumbrara un niño (natividad), Jesús, que revolucionó el mundo en año impreciso y en día fijado el 25 de diciembre. Hace más de 2000 años de aquel hito que cambió el calendario de la Historia y que la doctrina predicada por el joven divinizado Jesús fue homogeneizando desde Oriente la cultura europea. Esa nueva religión se unió a las raíces grecorromanas de nuestra civilización occidental, hoy tambaleante.

Al margen las creencias personales de cada cual y de nuestro Estado aconfesional, la vida sigue marcada por tradiciones cristianas, como la conmemoración del nacimiento de Jesús (Navidad) y su muerte (Semana Santa), que se mezclan con el ocio laico trufado de fiestas ajenas. El culto a los santos y los muertos coexiste con Halloween, la Nochebuena con Papá Noel, y se va abriendo paso el Día de Acción de Gracias norteamericano junto a la Fiesta de la Hispanidad o Nacional… consecuencia del mundo globalizado que no preserva la identidad cultural y se amalgama todo sin saber con frecuencia lo que se celebra y porqué.

La Navidad se ha convertido en celebración colectiva, de embellecimiento luminoso de pueblos y ciudades, de comidas y tardeos de copas, de reuniones familiares con menos personas… Un periodo tan amplio que diluye Nochebuena y Nacimiento: turrones anticipados, comidas de empresas, de amigos invisibles, de otros que lo fueron…

En Murcia, el pasado 28 de noviembre, se aprovechó que el actor Richard Gere vino, a través de la Fundación Aladina, a inaugurar un gimnasio pediátrico para los niños con cáncer del Hospital Virgen de la Arrixaca, y encendió el gran árbol navideño de la plaza Circular. Bienvenida publicidad nacional para visibilizar a esos niños murcianos.

Recuerdo cómo se preparaba en familia la Navidad. Durante las vacaciones escolares montábamos el belén. Cerrando los ojos veo a la tía Adela poniendo dos largos tablones con faldas en su comedor. Allí, los primos de casas vecinas colocábamos las piezas de barro y las piedrecitas y tierra para el camino, pinocha para arbolado, paja para la cuna del Niño, papel de plata (del chocolate) para el agua del río y marrón para las montañas, corcho para la cueva del pesebre… El belén se encendía con unas guirnaldas de colores. Y cada Navidad, una figura nueva. Las niñas mayores ayudábamos a hacer dulces (tortas, cordiales y ‘liaos’) para llevarlos al horno. En Nochebuena, apiñados abuelos, tíos y nietos, se comía lo que era impensable en otras fechas. Se cantaban villancicos, aprendidos en clase, con pandereta y zambomba. Los adultos iban a la Misa del Gallo. Y desde entonces la chiquillería esperábamos ilusionados los regalos de los Reyes.

¡Uf! qué boomer soy. Feliz Navidad.

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