Opinión | Achopijo
Barinas
A Félix le brillaban los ojos como a un abuelo con mil nietos. Había en aquella mirada y en todo aquel runrún de algarabía un fulgor mediterráneo de felicidad. Ahí, en el interior de Abanilla, lejos de todo, se olía a mar y a fiesta de pueblito costero. Aquel día era el calor del corazón de la tierra el que latía allí en cada recoveco, en cada portal, en cada fachada de ladrillo visto. Recuerdo aquella mirada como la mejor descripción de uno de los grandes valores que aprendemos aquí, en esta esquinica del mundo: la generosidad. Compartir. Había en aquellas miradas y aspavientos, dentro y fuera de la barra, delantal por medio, mil anuncios de lotería mejores que todos los que ya nos han emocionado. Todo por sentir una lluvia de millones que era mucho más de abrazos y saltos entre descorche de botellas. Era imposible no contagiarse. Y los que más lloraban y cantaban, saltaban y abrazaban no tenían décimo. El premio se había diluido en la felicidad de un día grande en Barinas.
Cuando eres periodista, cubrir un día el Gordo de Navidad en un pueblo es mucho más que te toque el Gordo. Es una de esas cosas que supones especiales, pero que cuando la vives terminas de descubrir que realmente es una vez en la vida y puedes tacharla de una lista muy corta de vivencias. La radio desde antes del amanecer, la tele en la redacción, las páginas abiertas antes que nunca y los fotógrafos dispuestos a salir corriendo a cualquier punto cercano en el que caiga un premio. La agenda con los teléfonos de las administraciones de lotería y el dibujo de la portada. Cuando arrancan los niños a cantar números y euros los recuerdos de agolpan en la mesa de redacción. Mi madre con chocolate y churros, la bata, la tele en cada, el sol entrando por la ventana y las motas de polvo que brillan sobre el boletín de notas y los trabajos del trimestre. El árbol luce más bonito que ningún día de la Navidad y se siente el calor de calcetines gordos y días bonitos que han llegado.
Félix explotó y nos preparó una mesa por impulso puro de grandeza espiritual. Ésa que forjan los grandes de la hostelería y toda la prensa que habíamos vivido extasiados aquella marabunta de compartir alegría nos comimos una mariscada como si nos hubiera tocado el Gordo a todos. Y aprendimos que hay mucha más felicidad en compartir alegrías que en las propias alegrías mismas. Un brindis por Félix y por Barinas y compartan felicidad… Vale.
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