Opinión | Salud y rock and roll
Menos de 24 horas

Menos de 24 horas / Pinterest
Llegó el día después de un año. Al llegar a la estación, en la cola para el control de equipajes, veo personas mayores con mil maletas; en mi cabeza vuelven a casa con los hijos a pasar Navidad, después de disfrutar del otoño en el Litoral; tienen buen color. Un grupo de chicas bastante arregladas tienen la comida de Navidad en la capital y pienso que aprovecharán para comprar un décimo en Doña Manolita; hablan de la fiesta de la empresa y de si les regalarán un jamón. Ya en el tren me ha tocado asiento enfrentado; saludo a los que llegan y se sientan de frente y junto a mí. Más tarde me enteraré de que las dos personas que viajan a mi lado son nuera y suegro. Ella le ha recogido en Alicante para pasar la Navidad en su casa, Valladolid. El señor no sabe que la familia quiere que se quede con ellos; le han habilitado una zona en la casa para que no viva solo en Alicante; ya está mayor y no quieren que esté tan lejos. Tengo ganas de levantarme e ir al baño, pero no quiero molestarles. ¿Cómo hacer en estos casos cuando tienes que levantar a varias personas y encima una de ellas es mayor? Por no molestar, en ocasiones ha podido reventarme la vejiga antes que pedir que se levanten. En este caso tuve suerte; el señor de Valladolid se levantó para lo mismo y metí el acelerador para volver antes que él. Estoy sentada junto a la ventana; en mis auriculares suena Sigur Rós, Untitled #3; el tren va a 300km/h. En este viaje he empezado el libro de Juan Tallón, Mil cosas. Sigo la trayectoria del tren a través de una pantalla; es alucinante el recorrido tan absurdo y eterno que hacemos para llegar a Madrid. Llevo un año sin ir. Hubo un tiempo en que vivía en la tierra de la libertad y las cañas; Madrid era el centro de todo, el punto al que volver y también del que irse. El año pasado estuve cuatro días; fueron demasiados, no lo pasé bien. La ciudad ya no me pertenecía como antes, aunque estén esperándome los de siempre. Esta vez estaré menos de 24 horas, no he avisado a nadie, no hay tiempo, ni es el momento. Solo es un viaje fugaz. He llegado, me bajo en Chamartín, apenas salgo de la estación y veo las cuatro torres, pero enseguida me meto en el metro, dos paradas y he llegado. Una tradición espera, el amigo invisible cabrón. Dos pájaros en mi cabeza y un pene con piernas de tiranosaurios rex fueron mis grandes aliados en un día lleno de risas, regalos imposibles, cerveza y amigos. Todo sin salir de casa. Dormí poco, recogí sin hacer ruido, todos dormían. Le dije adiós a mi pene dinosaurio y a los pájaros. Fue difícil. Un breve paseo por Madrid muy temprano hasta llegar al metro y de nuevo en la estación de Chamartín; todo es nuevo, hace frío dentro, aún están en obras. Nos alejamos de Madrid, suena Bonobo, No reason, el cielo está despejado, se me han olvidado las gafas de sol. He terminado el libro de Tallón, Mil cosas; me ha arrasado. Empieza a llover de vuelta, estamos llegando, aún no han anunciado la estación y ya hay gente de pie con sus maletas en el pasillo; hablemos de esa gente. Nunca lo he entendido. Al llegar, vino a mi cabeza la canción God only knows de The Beach Boys, y el final de la película Love Actually en el aeropuerto. Los abrazos, los reencuentros; F ha venido a recogerme. Hacía mucho tiempo que nadie lo hacía. Ya casi es Navidad; todo empieza con la lotería. Papá me ha pedido un décimo que acabe en 9. He vuelto a sacar tu libro de recetas, el libro rojo en el que escribiste a mano los platos de toda nuestra vida que ilustraste con dibujos y nos dedicaste. «Para mis hijos, un recuerdo de lo que su madre hacía. Espero y deseo que seáis buenas cocineras. Con todo mi cariño, Katia». Cocinaré el pastel de bonito.
Feliz Navidad a todos.
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