Opinión | Análisis
Dimisiones

Una imagen de archivo del Mar Menor. / Iván Urquízar
Aquí donde ustedes me ven, yo he dimitido mucho, así que la noticia del abandono de la Tutoría del Mar Menor de la catedrática Teresa Vicente me suena a algo familiar, a algo que entiendo al instante.
Parece que la estoy viendo en las reuniones del Comité de Representantes tratando de poner en funcionamiento un proyecto que ella se ha currado con una tremenda ilusión, con horas y horas de dedicación, que, además, obtuvo el respaldo de 639.826 firmas, convirtiendo el Mar Menor en un sujeto de derecho.
Y, claro, sentir en esas reuniones con los representantes del poder político cómo le marean la perdiz, le echan hilo a la cometa, le ponen una traba por aquí y un ‘estoy hay que pensarlo’ por allá, o lo de ‘eso va a llevar su tiempo’, a lo que son tan aficionados, y, notar cómo se le va subiendo a uno la sangre a la cabeza, y se va desgastando poco a poco, hasta que acabas diciendo, ‘no aguanto más’, y te vas cantando la caña. Harto, harta en este caso, pero yéndose cantando la caña.
Y no parece que la Sra. Vicente, a la que no tengo el gusto de conocer personalmente, pero a la que muchos califican como una persona muy valiosa, sea alguien que se amilane ante las dificultades, que no tenga el tesón suficiente para sacar adelante una idea y luchar por ella, como ha quedado perfectamente demostrado.
Pero con lo que no contaba, quizás, es con la que sería la actitud de representantes de las administraciones públicas en las reuniones de la Tutoría, porque estos seres humanos, históricamente, siempre han acudido a comisiones, Consejos y demás órganos de Representación con la cartilla muy leída por sus jefes, es decir, que ellos llevan sus cosas 'preparadicas', y, si les han dicho ‘por aquí tienes que ir’ ellos van por ahí, así se pusiera de rodillas y con los brazos en cruz, no ya la catedrática Vicente y el secretario del comité Sr. Manzano, sino el lucero del alba.
Para fajarse con estos representantes políticos en una reunión con capacidad de decisión hay que echarle mucho valor. Mi experiencia me dice que las ganas que te dan de irte de allí son a veces imparables. Yo me he visto en estas tesituras de dimitir o no dimitir en varias ocasiones.
En una de ellas, llegué, estuve un mes y, cuando vi cómo estaba el patio, dimití. Me pidieron que me quedara otro mes porque yo sabía inglés y a ellos les hacía mucha falta que alguien actuara como intérprete para unas gestiones en el extranjero, y efectivamente, aguanté otro mes, y de inmediato me volví a un instituto a enseñarles inglés a mis alumnos que es lo que se me da mejor.
Sin embargo, en otra ocasión sí me quedé nueve años en uno de estos órganos de representación, aun teniendo de vez en cuando unas peloteras tremendas con los políticos presentes, pero también había gente estupenda y las cosas salían adelante, así que pude quedarme.
Imagino que Teresa Vicente se habrá visto superada por la situación que hemos descrito con respecto a los representantes políticos.
Está claro que una cosa es movilizar a la opinión pública con respecto a la situación de nuestra laguna, conseguir el respaldo de cientos de miles de personas con sus firmas, defender el proyecto en todas partes y conseguir que el Mar Menor sea el primer ecosistema de Europa con derechos propios, y otra cuestión bien diferente es darse cuenta de que las reuniones son estériles y que se tiene la sensación de que allí, más que intentar que las cosas vayan hacia delante, parece que algunos están presentes para bloquearlas.
En síntesis: representantes de aquí y de allá, de distintas procedencias e ideologías, con diferentes planes y consignas, dispuestos a fastidiar al contrincante político sea como sea, seres incapaces de llegar a un acuerdo que al día siguiente pueda salir en los medios de comunicación porque la orden superior es la guerra total, etc., etc., y luego unos seres humanos a los que solo les interesa el Mar Menor y su defensa. Y se cansan. Y se van. Qué pena.
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