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Opinión | Grullas de papel

Profesor de Historia en Murcia

Bajo la arena del mar agoniza el tiempo

'Magadalena penitente ante el espejo'

'Magadalena penitente ante el espejo' / Georges La Tour

Abejas de cristal

El rey Saúl decretó que ninguno de sus soldados rompiera el ayuno ritual antes de entrar en combate. Desobedecer significaba la muerte. Su hijo Jonatán estaba en campaña y sufría hambre como el resto del ejército. Probó la miel silvestre. Sus ojos se iluminaron. Ganó batallas y ningún decrépito caudillo pudo tocarle.

La miel silvestre era también el alimento de aquel emboscado que habitaba desiertos y soledades; lo recordaréis porque bautizaba con agua pero anunciaba la llegada del fuego justiciero y purificador, encarnado en una persona de la cual —afirmaba— él no era digno ni de atarle las sandalias.

También dicen que los antiguos godos coronaron rey a uno de los suyos, porque una abeja salió milagrosamente de entre sus cabellos. Las abejas han inspirado a la humanidad sueños y fabulosas quimeras en el pasado. ¿Lo harán también en el futuro?

Ernst Jünger anunció el día en que una persona, voluntariamente, se colocaría bajo el manto protector de un gran magnate de la robótica. Trabajaría para él, y caminaría por los jardines, amplios y bellos de su amo.

Entonces, este último hombre, vestigio final de una época pasada, contemplaría en los cielos enjambres de abejas artificiales, como hechas de vidrio traslúcido, finas, vaporosas, elegantes; ligeras, veloces y precisas, en todo superiores a sus antecesoras orgánicas. Innumerables, producidas en serie, una tras otra, cada cual semejante a la anterior.

Ya está calculado el día en el que veréis cómo se arremolinan, se expanden, se reúnen y se alejan las abejas de cristal.

El hombre del espejo

Cuentan que al final de su vida, William Utermohlen, aquejado de Alzheimer, pintó un autorretrato sin reconocer ya el rostro que veía reflejado.

La Fontaine nos ilustra con la historia de un hombre, que vanamente airado, golpeaba con sus manos la plácida corriente de un arroyo. Pasaría por un enfurecido Jerjes golpeando el mar por la audacia de haberle desobedecido y hundido sus naves.

El hombrecito, sin embargo, descargaba sus puños en las aguas al no estar satisfecho con la imagen que ellas le devolvían. Antes había lanzado blasfemias sobre la calidad de cuantos espejos había tenido, de tan mala factura, sostenía él, que no hacían justicia a la belleza de su rostro; muy al contrario, lo mostraban afeado y deforme.

La ira y el agua

Las superficies artificialmente pulidas serían defectuosas. Por ello pensó en ir a contemplar la luz de su rostro sobre un cauce tranquilo. Pero allí sólo volvía a ver rasgos feos y grotescos. Las ondinas, burlonas, mezclaban risitas con gritos de escarnio que se confundían con el rumor del agua.

—Nada me da más horror que el espejo en que me miro: cuanto más fielmente me representa, más fieramente me espanta. Son palabras de Quevedo.

El bosque fósil

Es hermoso leer a Al Qwazini. Este sabio recuerda cuántas cosas dejan la mente llena de perplejidad. La naturaleza siempre está preñada de misterios.

Muchas veces la razón humana se basta para poder explicar el enigma divino de cuanto vemos: la sucesión repetitiva de las mareas, el comportamiento recurrente del cielo y hasta las complejas arquitecturas seriales y geométricas de las abejas entre otros muchos sucesos admirables.

Otras cosas, sin embargo, quedan muy lejos de poder ser entendidas y nos sumen en la inquietud. Así ocurre con las nubes enigmáticas que vuelan tan bajo que permiten escuchar una música desconocida que brota de su interior; o con las sorprendentes lluvias de piedras en días despejados; también con la precipitación de objetos celestes, que aun siendo de escaso tamaño, resultan imposibles de cortar, mover o transportar por su enorme peso y dureza.

Existen asimismo mares que engullen imperios y dejan ciudades sepultadas por masas de agua como si jamás hubieran existido; también océanos que se extinguen, que mueren convertidos en desiertos sin razón aparente. De entre todos estos hechos terribles y sorprendentes, hay uno especialmente aterrador: vapores que escapan de entre la tierra en medio de las tinieblas, emanaciones que al extenderse, matan y convierten en piedra inerte a cuantas plantas y animales vivos tocan.

La tumba de los lamentos.

La Magdalena hace su penitencia en el interior de una celda tenebrosa, enterrada en vida. Por la estrechez de las paredes y su oscuridad el conjunto recuerda a las exiguas cuencas vacías de una calavera, como la que vemos, ahí mismo, apoyada sobre un libro manoseado y envejecido. La antigua pecadora tiene un espejo ante sí, pero no peina sus cabellos ante él, ni entretiene su mirada gozándose de su fugaz belleza. Es la calavera lo que se refleja en él, si bien escasamente iluminada por la luz mortecina de una vela. Ante la escena es difícil no percatarse de qué significan en realidad aquellos huesos descarnados y duplicados por el reflejo: cada cráneo resulta el retrato fiel de cada uno de nosotros.

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