Opinión | ESTE HUMANO DESORDEN
Miguel Sánchez Robles
Los siglos están llenos de hombres

La Estatua del Hombre Gris, de Francesco Ungaro / PEXELS
Los siglos están llenos de hombres como los armarios de una casa antigua están llenos loza y porcelanas polvorientas. Están llenos de jactancia masculina y césares y próceres y reyes. Hombres repetidos, apilados, clasificados por hazañas y oficios y batallas, con sus reseñas biográficas y sus apellidos grabados en placas de metal o de mármol que ya nadie limpia o mira. Uno pasea por la Historia, esa grave y excesiva avenida en la que ocurrió todo, y tropieza con estatuas de bronce que casi siempre llevan barba y armadura o una espada en la mano. Y si se fija bien y uno afina la vista, comprende que esos hombres tan solemnes, tan erguidos, tan pétreos, tan seguros de sí mismos, quizá solo eran expertos en llenar un espacio con una habilidad extraordinaria para recibir homenajes. Y entonces es legítimo preguntarse si la Historia los hizo grandes a todos o si muchos de ellos se adelantaron a colocar su busto donde hubiera un hueco.
Ahora, con la perspectiva del tiempo, sabiendo lo que sabemos de muchos de ellos, es fascinante y casi irónico ver cómo posan con expresión de haber realizado tareas imprescindibles para la humanidad: destruir y conquistar países enteros, firmar tratados, darle fuego a Roma o sobrevivir a un duelo… Algunos por méritos que hoy quizá no justificarían ni una breve reseña en Wikipedia. Pero están ahí, embalsamados por el paso del tiempo, enterrados en el suelo frío de las catedrales y las iglesias o mirándonos ya con compasión desde arriba de un basamento con un gesto que parece decir: «No soy eterno. Vosotros tampoco».
El mármol o el cobre de esas estatuas no sufre, pero las mujeres que quedaron fuera de los anales de los siglos seguramente sí. Casi todas las mujeres de esos siglos fueron borradas por saturación masculina, por una sobreabundancia de héroes que no supieron dejar sitio. Esa acumulación de bustos ilustres podría causar en cualquier arqueólogo de un futuro no lejano la sensación de que la especie humana se ha comportado durante milenios como una exclusiva hermandad masculina que vivía entre el poder y la gloria. Porque en realidad, los siglos no solo están llenos de hombres, están atestados como un trastero en el que nadie se atreve a mover nada por miedo a que se derrumbe todo ese equilibrio.
Lo extraño es que la Historia, que presume de objetividad y rigor, está hecha también del mismo material que los procedimientos y los sueños humanos: recorta, selecciona, omite, poda, deja a un lado las voces que no encajan en su partitura. Y así, generación tras generación, se ha ido construyendo el relato de un escenario monumental con la voz grave y contundente de los hombres.
Sin embargo, las mujeres también estuvieron allí, ¿cómo no iban a estar? pero esa voz, que casi ya no existe, las explicó con letras minúsculas, casi siempre en notas a pie de página, como si fueran un susurro muy suave o un accesorio bonito. Aquella forma de escribir la Historia las convirtió durante mucho tiempo en un paréntesis que se cerraba rápido. Incluso durante alguna época los manuales escolares las redujeron a la devoción religiosa, a la costura y a la maternidad inagotable como si lo esencial de sus vidas hubiera ocurrido siempre en otra parte, en una habitación con los techos muy altos y las molduras doradas donde ellas entraban solo para servir vino y agua en el banquete diario de los hombres con barba.
Y ahora, cuando uno mira con suficiente atención y lentitud la Historia, ellas aparecen como una flor en medio de un desierto. Aparecen espléndidas y cruciales, sin necesidad ya de un resorte ideológico que las justifique ni de un reclamo de justicia tardía, aparecen en todo porque estuvieron allí, porque fueron decisivas y dignas y sostuvieron mundos que otros se dedicaban a usufructuar y conquistar. Y ahí están ahora, al pie de las estatuas de bronce, bisnietas de aquellas otras mujeres anónimas que administraron fincas, que dirigieron talleres, que escribieron cartas, incluso libros hermosos que luego los hombres firmaron o que ingeniaron soluciones domésticas a veces mucho más creativas que la ingeniería militar de entonces, y que ahora crean conocimiento en laboratorios y aulas, gobiernan países, levantan empresas, dictan leyes, escriben poemas, inventan lenguajes nuevos para nombrar lo que antes no existía, incluso representan el motor ético de los cambios sociales.
Pero los siglos, ¡ay los siglos!, siguen llenos de hombres. Tan llenos que a veces los héroes de bronce se amontonan en habitaciones claustrofóbicas en las que cada puerta conduce a la sala de otro hombre que hizo alguna vez algo importante mientras que una mujer esperaba fuera limpiándose las manos en el delantal porque acababa de salvar el hambre sin que nadie lo anotara. Y ese es un vacío que todavía hace ruido, una ausencia cargada de significado, como si alguien hubiera puesto espejos donde debió haber ventanas.
La verdadera Historia es aquello que nunca se escribió, pero sostuvo todo lo demás, y en ese prodigio fueron fundamentales las mujeres.
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