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Opinión | Tribuna libre

Lara Hernández Abellán

Concejala no adscrita del Ayuntamiento de Alcantarilla

De izquierda y feministas, pero a ratos

Una mujer vestida con niqab en una calle de Bruselas

Una mujer vestida con niqab en una calle de Bruselas / JULIEN WARNAND

He seguido con atención el debate en la Asamblea Regional sobre la moción presentada por Vox relativa al uso del burka y el niqab. Una propuesta que, bajo el envoltorio de la ‘defensa de las mujeres’, volvía a deslizar un discurso dirigido no tanto a proteger nuestros derechos como a señalar a quienes vienen de fuera. Frente a ello, las intervenciones de la izquierda fueron claras: cualquier prenda que invisibilice a una mujer es una agresión a su libertad, pero la defensa de las mujeres no puede utilizarse como coartada para alimentar la xenofobia. Un planteamiento feminista y coherente con el que coincido plenamente.

Más tarde, leyendo la enmienda a la totalidad que el Grupo Mixto había presentado a la moción de Vox, he comprobado que iba exactamente en la misma línea que mi moción del mes pasado al Ayuntamiento de Alcantarilla: la de rechazar cualquier vestimenta que vulnere los derechos fundamentales de las mujeres cuando responde a imposiciones patriarcales. Es, palabra por palabra, el enfoque feminista que defendí y me alegra ver que la izquierda ha tomado esa posición con claridad. Así sí. Así se defiende a las mujeres. Así se distingue el feminismo real del impostado.

Quizá sea por esto que no he podido evitar recordar lo ocurrido en ese mismo pleno del Ayuntamiento de Alcantarilla, mientras defendía mi moción con la intención de proteger a las mujeres, de denunciar aquello que las borra del espacio público y de afirmar que la igualdad no admite ambigüedades, pero en lugar de un debate serio, me encontré con comparaciones improcedentes y casi ridículas: que por qué no me metía con los motoristas que llevan casco o con las monjas… o con frases tan llamativas como: «Gracias a Dios que ya no estás en el PSOE». Todo ello en un intento de desacreditarme y desacreditar, al mismo tiempo, una moción que, lejos de ser polémica, responde a una evidencia más que absoluta: no hay libertad cuando una mujer desaparece tras una prenda que le borra el rostro, la expresión y la posibilidad de mirarnos de igual a igual.

Se me dijo también que había que «oír a las mujeres que llevan estas prendas». Y respondí lo que sigo diciendo ahora sin rodeos: que ese argumento es el mismo que se utiliza para justificar que algunas mujeres dicen «elegir» como trabajo la prostitución. Pero que, sinceramente, no creo que ninguna niña sueñe con ser prostituta de mayor ni con crecer sin poder mostrar la sonrisa ni el brillo de sus ojos tras una tela opaca que las tapa por completo. Además, todos sabemos que es muy difícil acceder a esas mujeres, conocer su realidad sin presiones ni intermediarios, y es precisamente por eso que quienes sí tenemos voz pública tenemos la responsabilidad, o más bien la obligación, de defender sus derechos y hablar también por las que no pueden hacerlo. Así lo creo y así lo he hecho. No sólo ahora que estoy sola, sino siempre.

Todo esto me ha hecho pensar en cuánto permanece aún del machismo cotidiano, muchas veces invisible, que aflora incluso sin intención. Recuerdo una ocasión en la que otra compañera comentó en público que «las fiestas de Alcantarilla ya no eran lo que eran desde que las mujeres entraban en los pasacalles con las peñas y paseaban con los carritos, como vigilando a sus maridos» —claro, así ellos ya no podrían sentirse igual de ‘libres’ para coger de la cintura a la cría que quisieran o para colocar la correspondiente pegatina en la teta de turno—. Un ejemplo más de cómo ciertos de discursos se han normalizado durante años y de la necesidad de cuestionarlos. En aquel momento, le dije que ese comentario no lo volviese a repetir en público siendo mujer y miembro de un partido que se declara feminista. Pero creo que no sirvió de nada, porque me consta que sigue pensando igual al respecto y que lo más triste es que lo hace sentada desde un lugar donde se presupone que debería defendernos a todas. En fin.

Y este ejemplo no es aislado. Basta mirar a Murcia y al Entierro de la Sardina para comprobar hasta qué punto seguimos atrapados en tradiciones que no admiten revisión alguna. Estamos hablando de unas fiestas públicas, ampliamente subvencionadas, cuyos estatutos siguen sin permitir la existencia de grupos de mujeres. Es inexplicable. Y lo grave no es solo que ocurra, sino que casi nadie se atreve a decirlo. Lo denuncié en su momento, igual que lo hizo Teresa Franco —concejala socialista del Ayuntamiento de Murcia en la legislatura anterior-. Ella también lo dijo alto y claro… pero, curiosamente, tampoco está ya en la primera línea del partido. Las incómodas y rebeldes molestamos. Se prefiere el silencio. La tibieza. Y evitar según qué temas porque «los sardineros mueven mucho», «porque ahí circula mucho dinero», «porque no nos interesa incomodar…» Cuando, sin embargo, sigo convencida de que ese es exactamente el lugar donde sí debería incomodarse. Y más siendo oposición. Y más siendo una oposición de izquierdas. Porque estamos en el siglo XXI. Porque las mujeres ya hemos esperado bastante. Y porque no debería haber tradición, subvención, cultura ni costumbre que esté por encima de la igualdad ni de nuestros derechos.

No me cansaré nunca de repetir que el feminismo no es una foto ni un gesto simbólico. No es un eslogan para las campañas ni un accesorio que se coloca cuando conviene y se retira cuando incomoda. Requiere coherencia, incluso cuando implica asumir un coste personal o político. Lo sé bien. Defender que un partido feminista debe serlo siempre me ha traído muchos problemas: desde ser enviada a un comité de ética hasta comprobar cómo, a veces, se utiliza a una mujer para encabezar una candidatura mientras se pretende dirigirla como si fuese sólo un adorno o una marioneta. Pero es que -lo siento, bonicos-, pero ya hemos sido adornos y títeres demasiados siglos. O eso, o brujas. Y ya está bien. No más.

Doy gracias a la claridad exhibida por María Marín en la Asamblea Regional y lamento la falta de la misma en el pleno de mi Ayuntamiento. En un momento en que la extrema derecha intenta apropiarse del discurso sobre las mujeres para convertirlo en arma arrojadiza, la izquierda tiene la obligación moral de ser firme, coherente y valiente. No hay espacio para ambigüedades porque, al final, todo se resume en una idea muy simple: El feminismo exige valentía. Pero valentía de verdad, no esa que presume de vencer gigantes y, al final, solo se atreve con las moscas cojoneras más inofensivas. A eso yo lo llamo cobardía. Y con cobardes, ni a misa. Gracias a Dios.

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