Opinión | La balanza inmóvil
Cooperadores necesarios

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una imagen de archivo del pasado verano. / L.O.
Y acaba el año peor de lo que empezó, que ya es decir. El Ejecutivo, bloqueado; el Legislativo, ninguneado; y el Judicial, criticado, pese a que, si no fuera por él, el Ejecutivo habría asumido los tres poderes para sí, cargándose el Estado de derecho. Pues ya lo dijo el presidente: gobernaré con o sin el Parlamento (democracia pura).
Pero no es solo el partido que tiene más ministros en el Gobierno (que no es el mismo que ganó las elecciones) el responsable de este caos y del enfrentamiento entre españoles y no españoles, entre ciudadanos de primera y de segunda, entre los beneficiados por su forma de ceder a presiones y los que no se benefician por no exigir nada a cambio de sus votos. Los enchufados son los socios de gobierno del PSOE.
Dicen que son cómplices y encubridores de ese partido por no romper con él, a pesar de lo que están viendo: corrupción y machismo. Pero no es así, pues no son ni cómplices ni encubridores, entre otras cosas porque ambos conceptos son incompatibles. El cómplice es quien actúa en el momento del crimen con actos que, si no los hubiera realizado, el crimen igualmente se habría cometido. En tanto que el encubridor actúa con actos posteriores al crimen, ocultando al autor de este o las pruebas.
Los socios del Gobierno no son ni cómplices ni encubridores, sino autores reales por cooperación necesaria con el autor material, Sánchez. Sin la participación de los socios del Gobierno, este dislate no podría llevarse a cabo. O, lo que es igual, sin sus actos no podría estar clavado en La Moncloa el sanchismo (que es lo contrario al socialismo).
Los autores, por tanto, por cooperación necesaria de esta deriva de corrupción y acosos sexuales, son esos socios del Gobierno. A saber: Sumar, cuya líder Yolanda Díaz, cada vez que habla, sube el pan y baja en votos; ERC, de Oriol Junqueras, que al menos asumió su responsabilidad no huyendo cobardemente; Junts, con un jefe prófugo de la justicia al que se le rinde pleitesía en lugar de facilitar su detención; EH Bildu, formación abertzale a la que España le importa lo mismo que a mí un elfo; el PNV, que ahora está aquí, mañana allá y después acullá (cuando pierdan las elecciones).
A estos se les puede añadir el BNG, porque los gallegos también querrán ser nación si ven que esto es una bicoca, aplicando aquello de «a río revuelto…». Y Coalición Canaria, por eso de estar en la pomada.
Todos ellos amagan, hablan, amenazan con castigar al Gobierno, pero no lo hacen nunca. Gambetean, pero no tiran a puerta. Protestan, pero tragan con la corrupción y los acosos sexuales. En definitiva, no rompen con el Gobierno ni facilitan una moción de censura para que sea el pueblo quien decida qué gobernantes quiere, y así demostrarían que son demócratas de verdad y que no les mueve solo su interés particular.
No creo que esto aguante hasta el año 2027, como quiere Sánchez y compañía, y serán los votos los que coloquen a cada uno de los partidos citados en su sitio, más pronto que tarde, a pesar de que Sánchez trate de hacer un lavado de cara y de manos antes de tiempo, curándose en salud por lo que pueda pasar en Extremadura esta Navidad y en Aragón poco después, hablando del manido tema de los bulos, de la campaña en su contra por pseudomedios y de jueces golpistas.
Y no va a aguantar porque eso ya no cuela ni siquiera entre los suyos, en especial entre los socialistas de verdad, los jóvenes y las mujeres, que son las primeras decepcionadas con los partidos que agitan la bandera del feminismo y después, si alguno de los suyos trata mal a las mismas, no creen a estas cuando denuncian acosos sexuales o duermen en el cajón de la sinrazón las denuncias de mujeres del partido contra miembros del mismo partido.
La bandera del feminismo se ha arriado por falta de viento que la sostenga. Los hechos se han comido a las palabras. Son estas mujeres, que creyeron que las defendían más que otros partidos, las que dejarán caer a Sánchez al darse cuenta de que todo era fachada y de que leyes como la del ‘solo sí es sí’ o las pulseras no las han protegido, sino todo lo contrario. Por lo que, si encima ahora se une el hecho de que no se les hace caso cuando denuncian acoso sexual y no se hace nada por averiguar la verdad, ya no lo votarán más. Solo el cambio de líder podrá volver a hacerlas creer en el socialismo.
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