Opinión | Boulevard Flandrin
La gotera de diciembre
Diciembre no es un mes: es un grifo mal cerrado. La ciudad se pone luces para disimular lo que pesa y deja caer la gotera de los villancicos, como si la música pudiera sellar el ruido de fondo. «Qué rápido pasa el año». Lo decimos como quien firma un albarán sin leer la letra pequeña. Rápido, sí. Y nosotros detrás, como si pudiéramos alcanzarlo.
En el espejo del ascensor uno se devuelve una versión correcta: cara de ‘todo bien’. Se cierra la puerta y aparece el resto: la sensación de haber vivido en modo avión, conectado a todo salvo a uno mismo. Desgaste fino: arenilla en la bisagra del día. Lo raro no es estar cansados; lo raro es llevarlo con naturalidad.
En la agenda no hay huecos: hay rendijas. El tiempo se vuelve una casa con habitaciones cerradas —descanso, deseo— y uno aprende a vivir en el pasillo. Hay días en los que la intimidad es una habitación que no pisamos, pero seguimos pagando el alquiler. Y la vida se queda en borrador: siempre ‘cuando pueda’, casi nunca ‘hoy’.
Diciembre trae mesas largas. De empresa o de familia: brindis, cortesía. Y alguien suelta algo mínimo: «No me da». No lo dice para armar escándalo; lo dice como quien deja caer una llave al suelo. La frase hace un ruido pequeño y mueve el aire: a veces no nos juntamos para celebrar, sino para comprobar que seguimos aquí. No era una frase. Era una grieta.
Lo político empieza en el reparto del tiempo. En la parada del bus que no llega, en la consulta de diez minutos, en el alquiler que te devora la semana, en los cuidados hechos a ratos, con la prisa como correa invisible. Diez minutos. Un trámite. Un retraso. Un «vuelva mañana». Tiempo para ir al médico sin pedir perdón. Tiempo para volver a casa sin calcular. Ahí se decide la democracia: en si puedes vivir sin ir pidiendo disculpas. Eso no es una anécdota: es el país a escala bolsillo.
El cansancio también gobierna. No hace falta un jefe para empujarte: aprendes a empujarte solo. Y, cuando todo ocurre deprisa, lo importante se nos escapa por la rendija.
En los titulares vuelven nombres que no admiten metáfora: mujeres asesinadas. Ahí el contraste es brutal y las palabras hacen agua. Luego vienen las listas. Traducimos el deseo al idioma de la productividad para que parezca razonable. No escribimos ‘vivir’; escribimos ‘mejorar’. Ponemos metas pequeñas para no nombrar las grandes. Y nos queda esa sensación de barnizar la orilla sin tocar el centro.
En la cocina, al final, hay una escena mínima. Abrigo puesto, luz encendida, el móvil boca arriba como un animal que respira. En la encimera, una lista con tres cosas tachadas y una compra sin hacer.
Ha cumplido casi todo lo que le pidieron y sospecha que lo importante era otra cosa. La brújula aparece tarde, como casi todo que hace falta.
La pregunta flota, fría y abrasa: ¿quién gana cuando no paramos?
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